Totalidad

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Yo,
que sé sumar
dos piojos más la Sonata a Kreutzer,
que ayer analicé con mi amigo demente
el reportaje del ’76 a Borges en RTVE
antes de pasar la noche en el
club de lesbianas (y continuamos
al regresar), yo que
describí la anulación del Tiempo
como la disolución de la dictadura
de los postulados del más y el menos
mientras me atiborraba con
docenas de esos simpáticos
penes de chocolate blanco
que me regaló Mariana y
miraba a Rod Serling
vendiéndole “The Twilight Zone”
a sus anunciantes, yo que
dejé que te intoxicaras
con la espuma de la certeza
acerca de la totalidad
que el licor de tu mirada bajo el
reflejo de los mechones amarillos y
violetas de tu cabello
reconstruye sobre el armazón
de caños de codos carcomidos
que fue alguna vez el esqueleto
de una obra de juventud que
mis viejos amores llamaban “cerebro”
o “corazón” de acuerdo al credo
que profesaran, yo
soy el mismo que te oye decirme
que no entendés
por qué necesito más,
qué más puedo
necesitar, qué,
qué más…
No es “más”. Es “otra cosa”.
Y otra y otra y otra y otra.
Lo siento, Majo.
Mi totalidad es una gorda de contornos difusos.