¿Tanto en 15 segundos?

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Soñaste una barca sórdida,
de pútrida madera,
sosteniéndose apenas
sobre un mar antiguo,
sobre un antiguo cielo,
mar y cielo montados
sobre un retazo perdido del tiempo,
como si un demiurgo aburrido hubiera hurgado
en el cajón de sus primeros bocetos
para comprobar que ni siquiera los recordaba.
Sobre la cubierta había
dos líneas de mujeres
atadas cruelmente a los remos.
Remos ya inútiles como la propia crueldad,
porque en los rostros de esas mujeres
—cuyo origen, de tan antiguo,
no pudiste reconocer—
viste el rictus seco y atemporal
de la muerte.
Todas, sí. Todas estaban muertas.
No había sol,
y deseaste una súbita tormenta
que acabara con ese imperceptible balanceo
de la barca muerta sobre las aguas muertas.

Abriste los ojos. Me contaste este sueño.
Y luego no me creíste
cuando te dije que
no habían pasado más de quince segundos
desde que los cerraste
apenas terminamos de hacer el amor.

Nunca sabré qué error absurdo
cometí entre tus sábanas
para propiciar semejante
orgasmo onírico.