Soledad

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La madrugada de un
martes y el espacio infinito
entre un neutrino y su sombra
son la misma cosa.
Este colectivo sin conductor
que me lleva
por una calle que no es
ninguna y el
recuerdo de la añorada
pesadilla que me corteja
desde mis 12 años
son la misma cosa.
La imposibilidad
de disfrutar la desolación
y el ojo que me mira
desde mis ojos son,
horrorosamente,
una cosa, una misma
cosa.
Hay
una mujer en una cama,
ahora —y no en Pigüé o
en Samarkanda, ahora
mismo, quizá
bajo la tibia oscuridad
de esa ventana o la
estrechez de aquella otra—,
que siente la espantosa
necesidad de hablar
conmigo,
con este poético despojo
en que devine, con este
que ella jamás vio ni
conocerá,
una mujer que
no me espera y
que sabe que somos
una cosa.
La misma
cosa.