La casa de Shira, take 1: Que el portero las ponga

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Vos sabés, la poesía,
todo un tema, vos
sabés, un dolor de
huevos, una mujer manca
leyendo un libro en
el subte, porque claro,
qué otra cosa le queda,
todo un
tema, vos sabés,
la poesía. Un helminto
ontológico
masticándote el cerebro,
ni siquiera
podés viajar en subte
mirando mancas,
siempre está el latido, el gas
atrapado en conductos ciegos, esa
inquietud, el tormento,
hormigas en el culo de la mente,
esa costra satinada,
esa desgracia, la
poesía.
Vos sabés. Y entonces
llego a tu departamento,
a ese perro absurdo y molecular,
a ese bizarro gato astrogénico,
a tu belleza que recién
se descubre judía
dos años antes de los 30.
Llego y te digo: la poesía,
todo un tema. Espero
el café irlandés que
apoyarás sobre los posavasos con
la cara de Woody Allen que hiciste
con tus propias manos, y


entonces lo veo: uno de esos
papelitos de 10 x 10 que todo el
mundo trae de las oficinas, los despachos
y los estudios pero nadie compra, un
pequeño papel celeste en el cual, ocupando
toda la superficie en tres líneas así dispuestas,
puede leerse este texto:
 

               

Tinta negra sintética,
birome sobre celeste verdoso,
aguado:
 

          

Venís con el café y
te muestro… esto.
Me lo llevo, ¿sí?”, te digo.
Y sólo vos podrías
sonreírme así, como
quien dice “me arrojo al
abismo, pero tomame
de una mano”
, sonreírme
para que yo trague mejor esta
certeza, la que esa frase arrojada así
sobre este
papelito
me trae,
la certeza
de que no hay dudas
de que uno de estos días
la poesía
va a matarme.