Prólogo del Traducido


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Todas mis amigas viven en otros mundos,
y ninguna en el mío o en el de otra.
Así que
perdoname, mi amor,
pero esta noche
no puedo diseñar ninguna ONG
para girar el foco hacia
algún rincón devastado de la humanidad,
ni te acompañaré a la cena
del Partido —aún cuando hubiese adorado
socializar con ejemplares vivos
del trotskismo—.
Porque están los otros mundos de mis amigas,
y hay noches en que no sé
qué hacer con todo eso, hay noches,
creeme, en que no sé
qué hacer con tanto.
Espero que lo entiendas: nadie tiene
un bolsillo tan grande
como para llevar consigo
tantos mundos a una cena
a la que de todos modos no fueron invitados.
Por eso esta noche
los desparramaré sobre mi cama
y los echaré al aire
y me bañaré con ellos como
las monedas del tesoro de un
millonario demente, y los perderé de a ratos
entre mis uñas no cortadas por años,
y los dejaré
caer sobre mi pecho desnudo
como el oro asesino de una lluvia
incandescente, y en el exacto momento
en que vos estés levantando una copa para
repetir que todo es ilusorio menos
el poder mientras un compañero desde
atrás mete su mano bajo tu pollera, yo
habré caído exhausto en el sueño,
con la cabeza colgando a los pies
de la cama, para que
los mundos de mis amigas
comiencen a traducirme.