Peluquería Miserere

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¿Qué puedo hacer yo en esta
peluquería (qué puede
hacer nadie en una peluquería,
pero ese es otro tema), en esta
peluquería de terminal de
trenes, Once, cabecera
de línea, escaleras sucias, mujeres
golpeadas que aman a sus golpeadores?
¿Qué puedo hacer yo
en una peluquería, en una
como esta?
¿Aquí desnudan árboles para describir
el sentimiento de pérdida por los
buenos viejos tiempos que
finalmente nunca
llegaron? ¿Te injertan recuerdos
de viajes en el Transiberiano? ¿Hay
aquí algún suicida exitoso y
con talento pedagógico? ¿Hacen aquí
reemplazo onírico, cirugía
eidética, uñas de jade, dan
aunque sea
alguna pista falsa sobre
mi asesinato no resuelto? No.
No, aquí no hacen
ni esas cosas ni
ninguna, supongo. Pero
pasando por la vereda verde de vómito
y mierda de perros, echando
una mirada de reojo hacia tu izquierda,
la podrás ver: la chica que
atiende el teléfono de
esta peluquería, y que
si entrás te sonríe y te asigna
un nicho frente al espejo,
y hasta te saluda cuando
te vas.
También en su departamento atiende
el teléfono, asigna nichos, y
te saluda cuando te vas. Y
en tu departamento haría
las mismas cosas, y sólo esas,
incluso saludarte cuando te vas.
Eso es todo lo que ella
quiere de la vida, y
que se la metas con asidua y caballerosa
efectividad. Por eso estoy ahora
en una peluquería como esta. Porque
una chica así equivale a
una posibilidad de solución
—provisoria, pero viable—
a mis conflictos limítrofes
con el resto de la humanidad.