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Acuclillado, inclinado sobre
el nacimiento de tu espalda,
yo, que odio los peces
y a todos los frutos de ríos y mares,
me dedico a la anegación del lago
en el que enseguida me ahogaré
aturdido de algas insurgentes.

Gracias
por haberme enseñado
la paciencia del pescador.