Alada
 


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Desarmó la madrugada
con sus labios de vinilo.
Tejió en sus ojos, con hilos
de araña azul, la mirada
que el azul no espera. Nada
tomó de la luz ajena
del alba, esa condena.
Se puso de pie. Un cuento
estalló. En ese momento
planeó la última cena.

Recordó aquella traición
(no la del otro: la propia)
y sonrió. “La vida copia
mi vida, sin solución;
nadie escribe una canción
que no esté ya en otra boca”
.
Cargó el silencio de roca
en el bolsillo derecho.
Miró las nubes del techo.
Festejó que estaba loca.

Sin preguntarle a los mares
cruzó de vientos la alfombra.
Puso un testigo en las sombras
del mantel, y con dos pares
de recuerdos tubulares
y un puñado de cabriolas
tendió una mesa en las olas
que hay detrás de cada verso.
Invitó al Universo.
Y se sentó a cenar sola.