Descargo
 

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El asunto comenzó cuando
te apoyaste en tu balcón mirando el viento
y, por juguetear con ella entre tus manos,
tu llave se precipitó hacia la calle,
donde justo en ese momento estaban
asfaltando mi cabeza.
La llave se hundió un poco en el
asfalto aún fresco, y quedó estampada
casi como un bajorrelieve etrusco.
Te vi bajar y buscarla por la acera,
y disimulé su presencia en mi cabeza
con ese ademán tan mío (que poco después
te encantaría) de pasarme
los dedos entre el pelo.
Sonreí al verte entrar decepcionada.
Esperé un poco. Y toqué tu timbre.
De esa forma entré en tu vida.


Esto es para desmentir
a los que aseguran que soy yo el que introduce
cuerpos extraños en las cabezas de las mujeres.