La guerra

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Es la guerra, ¿no lo
ves? Es la guerra.
Es la chitarra battente de
un presidente negro
azotando con su sombra azul
las madrigueras de
la memoria americana,
es esa mujer loca de poder estéril
recostada contra el río quieto,
es ese río así, quieto.
Es la guerra, es
el hombre de rasgos orientales
ametrallándome con uvas y
mandiocas cuando doblo la esquina
desprevenido, obligándome a
rodar bajo los autos y a
disparar también, claro,
por qué no, si es la
guerra.
Todo vale, ya sabés, querida, es
la guerra, y nadie nunca supo,
en ninguna guerra de la
historia humana,
quién es realmente
el enemigo, así que

no confíes en la tregua
de mis pulmones ahogados,
puede ser un truco, una
treta de doble espía, un capricho
inspirado en Ian Fleming, una artimaña
para atraerte
a mi territorio (recuerda a Rudolf Heß
cayendo confiadamente en su paracaídas
hacia las fauces de la Casa Dungavel),
traerte a mi territorio, sí, y
matarte sin siquiera tener
la consideración de torturarte antes
para sacarte datos, como si ni esa
importancia tuvieras para mí,
matarte así, en seco, y echar tu cadáver
a algún sitio seguro, como por ejemplo
el tacho de basura de tu
felicidad conyugal, donde
es evidente que nadie
te hallará jamás.