La judía rebelde y sus detritus católicos


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El amor no es tu culpa, chiquilina.
No más, en todo caso, que del sol
amarillo y la
luna blanca, insoportables,
iguales, iguales.
Amarillo. Blanca.
No es tu culpa. Moisés
nos ha metido
en esta bolsa negra
de nylon y pirita
que ni siquiera es aceptada
en los basureros del tiempo.
Y a propósito: la ética
de los recolectores de basura tampoco
es tu culpa, chiquilina.
Se trata de esos
asquerosos detritus, eso es
lo que se coagula, lo que
cuaja como la leche fermentada
de tu camello estepario, eso
vuelve chirle tu ternura violeta
y disuelve la locura en un
estanque mohoso y mal servido.
Es eso, son detritus, sólo eso.
Creeme…

Los chicos en el subte ya no
escuchan a Zappa ni
leen a Pär Lagerkvist. Los peruanos
ya no te amenazan con infiernos.
Nuestra esquina
se durmió al pie de la ventana
porque en las rejas del Botánico
cuelgan cientos de
carruajes pintados de un blanco
que sólo ven los alemanes.
Los pájaros
ya no silban el Abinu Malkenu en
las cornisas sin muros. No porque
no se acuerden, sino
porque no son pájaros.
Sé que no debí descuidarlos.
Lo sé, sé que los
huevos se volvieron árboles, que
los árboles se volvieron velcros.
Y que mueren de abstinencia
las manzanas.

No sé de mi tabaco, no sé de
las orejas en tu espalda.
No tengo idea
acerca del destino final
de la saliva,
ni si el Golem volverá
esta primavera.

Pero sé que no es tu
culpa. No es tu culpa.
Lo juro por ese beso que pasó desapercibido,

chiquilina.