Jerome B. Seyden: piano

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Alguien baja
las escaleras de Montmartre
cantando.
La melodía es algo
sarcástica, parece
una canción infantil
intoxicada de ácido y
desgarradura. Las palabras
que repite son :
« Jérôme a joué pour moi
mais pas pour toi
pas pour toi
Jérôme a joué pour moi
mais pas pour toi
…»
El techo del Tire-Bouchon
se tragó las palabras,
las otras, las
que nadie recuerda
aunque las haya escrito
para siempre, o quizá
justamente por eso.
La melancolía
es una solución de sidra
que se inyecta en ojos
muertos.
« Jérôme a joué pour moi
mais pas pour toi
pas pour toi
Jérôme a joué pour moi
mais pas pour toi
… »
El pianista quemaba
sus dedos en sucesivas
hogueras diminutas, con tal
de que ningún turista le
pidiera un tema. Pero
de algún modo
siempre está esperando que eso
suceda, porque sino
¿para qué preparó con tanto
esmero su dispositivo de
súbita liberación: una cuerda
del piano que se dispara
mediante el pedal de resonancia?
No es un látigo templado en
un volcán palestino, ni
el alambre de un equilibrista del
Circo del Invierno, pero
funcionaría. ¿Entonces?
¿Para qué?
« Jérôme a joué pour moi
mais pas pour toi
pas pour toi
Jérôme a joué pour moi
mais pas pour
… »
Quién sabe cuántas vidas
consume por minuto
esa silla-trampa que
absorbe los humores del fracaso
y los devuelve a la calle
mediante un antiguo sistema
de poleas que olvidan cualquier
nombre. Yo vi a Jacques Brel
bebiendo su cerveza en
esa barra, y ahora se pudre
en una fotografía engrasada
que da la espalda al piano.
« Jérôme a joué pour moi
mais pas pour toi
pas pour
…»
Yo vi mi vida entera
pasar por el ojo de esta aguja
coqueteando con las ternuras mecánicas
acostándose con los olvidos ajenos.
Y ahora sólo queda este
trigo negro, un muñeco demente
que toca un arpa de yeso, y
el hombre que baja
las escaleras de Montmartre

cantando.

Jérôme…
Jérôme…
”.