Il Sacco

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Hice todo lo que pude.
En serio,
todo.
Me escondí en hormigas trashumantes,
en cáscaras de paredes
humedecidas por el llanto de
los grillos, en descascarados
sonidos de luciérnagas en
ciernes, engrilladas
a los muros resecos
de una tarde perdida. Me olvidé
a mí mismo
en un sótano de grullas que
no he visto
jamás.
Me enraicé en cisternas amarillas,
malolientes, con la nariz obturada
por palillos chinos y
neblina. Me perdí en
la neblina. Hice
un mapa de ovarios
y lo quemé con la
mirra que exudaba el cadáver
de una calle de barrio.
Huí a través de la estepa
sembrando luces rojas
tras de mí. Huí,
me escondí, me
perdí. Hice
todo lo que pude.
Y de repente
ahora, ahora
mismo, estoy rodeado. ¿Cómo
pudo llegar a suceder?
Estoy rodeado. Sitiado
por todos estos viejos
maricas junkies, jóvenes
poetas de mierda,
militantes trotskistas que
me aman, la chica
que cree que no la comprendo
sólo porque no sabe
que sus canciones apestan, sus
amiguitas que ni siquiera
apestan, y todo el resto del
catálogo de seres sensibles y
aburridos, el ejército inválido
de las muchedumbres hambrientas
de diversión. Estoy
sitiado. ¿Cómo pudo
suceder? ¿Cuándo?
¿En qué momento descuidé
la mueca de dientes enclavijados,
el gatillo celoso, el ácido
que corroe y ríe?
¿Cómo llegó a pasarme
esto? Me han
sitiado.

Ya crujen los maderos,
los puentes son violados.
Avanzan, van
entrando. Muy pronto
comenzará el saqueo.

Ok, al fin
y al cabo, quizá
yo no era tan incorruptible.
Y no hay Eternidad que sea

eterna.