Felicidad

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Llevo varias horas en
esta mesa, escribiendo. La
chica del bar
no cesa de alcanzarme pomelos
y cafés, y cuando regresa
a la barra se vuelve para
mirarme y se pregunta
por qué continúo llevando adelante
esta obstinada actividad inexplicable (que
no es escribir, porque en su universo
no existe tal tarea).
Una tras otra
desfilan mujeres ante mi mesa,
sin detenerse más que un
par de minutos, sin sentarse.
Tienen 15 años o 40 o cualquier
edad intermedia. Ninguna de ellas
me trae dinero, cada una se lleva
algo del mío. Como si fuera
un gigoló con delirios de
mecenas, un cafishio psicótico,
un rey turco.
La chica del bar
también se pregunta
cuál de ellas será mi hija, cuál
mi amante, o mi confesora o mi
enemiga o mi secretaria, mi
mucama o mi empleadora, cuál
mi sueño, cuál mi espanto. Y
por qué tantas.
Y yo sólo quisiera contarle
que amo su culo
con un amor puro, nada abstracto,
y que sería feliz
con sólo apretar ahora mismo
cada una de sus nalgas
con cada una de mis manos
sin contaminarme, sin por eso
quedar obligado, como contraprestación,
a desenredar el lío

de mis imposturas provisorias.

La felicidad
nunca será de dominio público
en este orden de cosas.