Esquina helada

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Dos de la mañana,
calle helada. Una noche
que lastimaba.
Cinco vasos de Jameson
entre pecho y espalda
y la idea imbécil de la caminata,
que sólo podía empeorarlo todo.
Y de repente la chica y sus
rojos cabellos transparentes,
el abrigo blanco y ajustado, largo, como
una espía rusa del futuro,
su bufanda negra,
esas botas raras.
Estaba parada en la esquina,
sostenía una correíta decorada con strass
en cuyo otro extremo había
un diminuto, irreal
chihuahua de pelo largo
con un collar de mostacillas.
Yo también quedé ahí
parado,
mirándola, anotando
en mi cabeza, desangelado.

Apuesto a que te encantaría
chupar este culo blanco y
perfumado”
.

No lo dudes”, le contesté
al perro,
en el mismo tono cómplice
con que él me había
dirigido la palabra.