Guerra Fría


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Me gustaría que esta noche te pusieras
esos zapatos de puta
que usás en las
recepciones oficiales de Unicef
para saludar sonriente a
obispos y esposas de diputados.
Me encantaría que te calzaras
estos zapatos de puta
—los rojos, sí, los de la otra
noche en el Museo Renault—
y que te subas desnuda a
esta cama y bailes sobre ella aunque
quizá no lo resista (se parece
un poco a las que usan
los marginados que en tus recepciones
son tema central pero nunca invitados),
que bailes así, sí, hundiendo
los afilados tacos de tus
zapatos de puta
en mi colchón malnutrido y tísico, que
brinda una exquisita inestabilidad
de arlequín de estopa, de títere en desuso
a tu baile y a tu cuerpo siempre tan
instalado en la tonicidad muscular y a tus
piernas de cristal de Bohemia reciclado.
Bailá así, desnuda y chaplinesca
mientras palmeo tus nalgas y
pellizco, y te veo mojarte y te
veo reir y veo
esos zapatos de puta,
y aprovecho este show barato
mientras dure… aunque es probable que
nunca llegues a descubrir mi identidad.

Sí, yo era un espía infiltrado en el
Museo, y esto es una venganza secreta
de aquellos de los que tanto hablás
y nunca viste.