Escritura Pública

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Aquí están de nuevo
los colores y sus rostros.
El rostro celeste —nadie merece
un rostro celeste— de la
doliente crepuscular
que sube en Avenida La Plata
odiándose por haber soñado anoche
con el miembro del traidor (¡y lo
soñó en su boca!). Y el rostro
rojo y redondo
en el que cada vena dibuja
el nombre de cada enemigo al que
nunca se atreverá a matar.
El rostro violeta de un obrero sin oficio,
el rostro amarillo que delata a la hiena
bajo la piel de la secretaria,
el rostro azul de un muerto que
quién sabe para qué quiere bajarse en Boedo.
Y esa cara blanca, veteada, de
la que sabe que ya no puede ser una
joven actriz pero sigue creyendo
que el actor famoso puede amar a
alguien, a algo. Y la carita plateada
de la adolescente, que destella y
amenaza con mirarme.
El rostro marrón igual al rostro
marrón igual al rostro marrón.
Y el rostro sin color y sin embargo.

Así es, hermosa: podía, perfectamente,
haber venido en taxi
a verte. Pero
sigo escribiendo en los transportes públicos,
y es ese el secreto
de esta juventud
que (ya no) amás tanto, y que
te queda cada vez más
lejos.