Enez Veur (Pays du Trégor)

 

Home

 

 

La isla es pequeña —si me paro en el centro e inflo el pecho, mis pezones se asoman al mar—, y todo el paisaje sugiere la idea de estar medio paso más allá del fin del mundo. Nadie quiere ir a morir a ninguna parte, pero yo al menos fingiría una estadía obligada para terminar algún libro en Enez Veur si sospechase que los últimos días me andan rondando. La casa de piedra de Yann nos espera tras la curva ascendente de la calleja. Dejamos afuera el crachin (“En Bretagne llueve todos los días menos los domingos, que llueve dos veces”, dijo Antoine) y nos sentamos alrededor del chocolate y las galettes. “Yec’hed mat”, dice Yann levantando su taza como si fuera una bolée de sidra bretona, y nos cuenta del puente de acceso que en tiempos lejanos era cubierto a veces por el mar, lo que hacía a la isla inaccesible excepto para el carro del Ankou, el cochero que recoge las almas de los muertos. Y sé muy bien que esa voz monótona y el aroma del chocolate caliente y el crachin arañando el ventanal como una bandada de mariposas de hielo te hacen pensar, querida, en la eternidad de la tibieza o la dulzura como posible cotidianidad inalterable. Pero cosas como la mención al Ankou o la idea de morir en una isla casi hiperbórea o incluso la abstinencia de sidra —que no pruebo desde el mediodía— me inclinan a esta introspección aséptica que me mantiene callado, redactando mentalmente mi testamento, del cual soy único beneficiario.