El poeta está gordo

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El poeta está gordo. Toma nota
al mirarse sentado en
el inodoro.
Ok, comparado con
otra señora de su edad
sigue siendo
el ángel malvado de
la intemporalidad inaferrable, pero
del otro lado de la puerta
no hay señoras, Majo : estás vos, y
de sólo pensarlo el
vientre del poeta
se expande como un gato de poliuretano
adosado al inyector de helio que
un empleado de la estación de gas, distraído
en tus piernas que pasaban
por la esquina, olvidó desconectar.
Como una Gargamelle
embarazada de gas inerte, el
gato va llenando todo
el espacio del baño
y el poeta ya ni puede
abrir la puerta
y gritarte que te vayas,
no para salvarte de un posible estallido,
sino porque tomó conciencia de
algo obvio: probablemente
vos ya supieras que
el poeta está gordo,
ante lo cual
—ya que decirte que te quedes a
vivir con él es inadmisible—
va a tener que matarte.