El Golem
 


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Existe una palabra infinita
bordada por el rito de una letra.
Si son tus labios los que la dibujan
quien se asome a ese beso está perdido.
Sus mares serán fuego. La distancia
entre oreja y oreja, una guitarra.
Cantará al revés. Roerá diablos.
Quizá se queme en hielos amarillos...

Trama terrible: tus labios inocentes
dibujando una letra de amapola
solar, la cama de los vientos
mal tendida, y todos sucumbiendo
a la palabra. La Cábala ha vencido.

Pero hay alguien inmune a esta tormenta:
es el Golem.

Tres letras en su frente
lo guardaban en un pliegue de lo eterno:
“MET”, que nombra lo innombrable,
no-muerto para siempre, siempre muerto,
congelado en el anhelo de un signo
ausente y
fatal: la cuarta letra, la primera.

Pero...
Si son tus labios los que la dibujan
(con esa mueca de luna sumergida
en el mar que hay en tu boca),
sobre la frente del Golem se desata
la incandescencia de una lluvia de sabores.
Ahora es “EMET”: “verdad” (o también “nada”,
o “camino”, o “nunca”, o “para siempre”,
o “cascabeles sigilosos y descalzos”,
“21 cristales para un solo espejo”,
o cualquier significado o sinsentido).

“EMET”. Y para el Golem no hay silencio
ni quietud, y la trama tan terrible
ahora es juego. Sólo un juego. Una guirnalda
marciana bailoteando en las cornisas
de tu curva ahora presente, más completa
y más nueva que cuando era presentida.

El Golem despertó. Tus labios blancos
dibujaron la sentencia luminosa.
Los siglos de su sueño terminaron
en el largo oficio del misterio
de tu luna llena, el mar de tu reflejo.
El Golem está suelto. Los costados
de la noche se reclinan en su risa,
otra vez cascabel, cristal, espejo,
universo en la punta de un ovillo,
imposible lugar de nacimiento
de todas las canciones. El vigía
grita “¡Tierra!” a cada ola. El reloj
sólo da horas señaladas. Todo suena.
En la cuenta del verdugo del eclipse
ya no hay rosas ni mareas mal sumadas.
Todo es obra de una letra dibujada
que quizá pudo matar pero dio vida.
Todo es tuyo.
La Cábala ha vencido.