Esos putos cólicos franceses

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Yo no sé qué hubiera hecho el gran Didelaine
sentado en la Terminal de micros
en una noche como esta.
No sé si el gran Flauzac se hubiera preguntado
por qué el sonido del mar
a diez manzanas de distancia
no alcanza a llegar aquí
rebotando como un borracho contra
las paredes sucias de los edificios.
No sé si el gran Verbeige
hubiera seducido al chico de las valijas
cambiándole sus moneditas por billetes, una
cerveza y una caricia a la una de la mañana
de un martes como este.
Lo que sí sé es que vos
(nena oh nena de ojos rubios nena sin nombre)
nunca podrías imaginar estos
putos cólicos franceses en mi mente,
que sin embargo alimentan el anzuelo
verde y lejano que te arroja hacia
mi mirada.
El viejo lobo de estaciones terminales
dispara su mente indescifrable por los ojos,
y no podés resistirte al misterio
(ah nena nena de piel celeste sin nombre nena)
y el mundo se limita a estas cuatro luces
mortecinas, a estos
dos buses que podrían ser de Liège
o de alguna otra ciudad cuyo nombre
tampoco conocés.
Todo,
todo te arrastra hacia mis ojos,
y no es injusto porque esta
mente con sus gases
es todo lo que tengo para equilibrar, para
oponer a tus piernas y tu edad y tu
suave espuma (nena sin nombre oh
sin nombre nena y de pronto

hola Laura

).