Bonjour

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Huye ahora la yegua de la noche
(la imagen repetida no atenúa
mi horror) y el alba llega, sorprendente.
Jaurías desbocadas en el pecho
espantan el aliento que no vuelve.
Las sienes laten. Harapos del día
se meten, arrastrándose, en el cuarto
que es un triste boceto del infierno,
el vientre de una bestia que se duerme.
Empiezo a recordarme. Lentamente
el mapa de miserias de mi cuerpo
reanuda sus cuestiones sin sentido
(la mano que no sabe que es mi mano,
el cauce inexplicable de ese río
de roja turbulencia, el parpadeo
mecánico, los ruidos). La distancia
del lecho hasta la puerta es un desierto
marrón y agobiante. He soñado
que miraba mi cara en el espejo
y veía el rostro de otro. ¿Quién me dice
que no es ese el que ven los que me miran?