Borges on Avon
 

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XXXIV

 

Dame la boca que tragó esta madrugada.
Dame la broma más dramática del tiempo.
Dame el inmenso pie macabro del hastío.
¿No ves que soy lo que más quise y hoy desprecio?

Dame un silencio que destroce dentaduras,
la risa idiota de los parques de domingo,
la risa idiota de las madres, cualquier cosa
que me destierre sin retorno de mi vida.

Yo hice las runas, que son obra de los dioses.
Colgué de un árbol nueve noches, de cabeza,
sacrificado a mí mismo. Y nueve anillos
de oro gotearon de mis dedos nueve veces.

Las maldiciones de riqueza y de magia
siguen lloviendo, me carcomen y me aplastan.
No puedo tocar una cosa sin que estalle
en luz, demente. Ya no quiero ese toque

hechizado con que di vida a tantos muertos
que resucitan una corta temporada
y luego arrastro años y años, malolientes
cadáveres, espectros en segundas nupcias.

Sólo un disparo de ceguera en la memoria
y una oclusión en la ventana del futuro.
O por lo menos una estúpida muchacha,
y no este cansancio de dios envejecido.

Sólo un olvido. Una miseria que me absuelva.