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XXXI

 

Ser uno es imposible. Dos no es nada.
Ser cuatro, cien, catorce, da lo mismo.
Querer no ser ni uno, un espejismo.
Tan sólo el tres es real. En la robada
intimidad en que lo estoy pensando
lo veo cada vez más absoluto,
tiránico, completo, como el fruto
de conjeturas que Otro está tramando
(Otro que es tres —así al menos nos dijo
en una historia vieja su propio hijo—)
aunque no exista. No puedo elegirlo
ni rechazarlo. Es más fuerte que yo.
El tres —el infinito— ya absorbió
mi realidad. Y yo ni sé medirlo.