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XXVII

 

Dios, palabra
absurda que el absurdo todo abarca,
dime el tiempo,
dime el día
en que vendrá la muerte como un viento
bendecido
a mi nave
que navega y que busca esa otra barca
hecha de uñas,
de uñas muertas,
o de asombro, o de presentimiento.
Dios, rabino
sin un Golem,
dime ahora el preciso minuto
que me acecha,
el instante
de olvido o de hastío acumulado
o de pena
que se estanca,
lo que fuere, lo que será mi Bruto,
el cuchillo
que reservas
en tu toga irreal, disimulado.
Dios, palabra
sin sentido,
no me hagas esperar esa mañana,
ese otoño,
esa tarde
que no puedo soñar, que entreveo
mal, apenas,
que se mece
como un velo de viuda en la ventana
de los días
repetidos.
Dime cuándo veré el fin del deseo.
Dios, sé hombre.