Borges on Avon
 

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XXV

 

Quizá no fue en Balvanera.
Pero esa noche lejana
en que inventaste a ese hombre
al que llamaste Chiclana

un misterio nació en vos.
La sangre desconocida
adquirió una voluntad
para imponer en tu vida

el azar de las milongas,
la dictadura del verso
de ocho sílabas, la duda
fanática del converso

que no entendía esa nueva
fe acechando en las esquinas,
desmembrando tus paseos
con la urgencia repentina

de una guitarra sin formas
que sin embargo sonaba
implacable en tu cabeza,
como un puñal que se clava

en una mesa de truco
para copar la parada
cuando los naipes traidores
clausuran la madrugada.

Rendirse a la esclavitud
de versos que no llamabas,
a esa ráfaga o diablura
(creo que así la nombrabas)

que te usurpaba las tardes
en la vieja biblioteca,
fue un gesto de absolución
a esa entrometida Meca
que se filtró en tu canción.