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XXIX

 

Acaso fueras
en Primavera
alegre y lozano.
Y acaso tu mano
no te pertenecía
y de tu verso hacía
una senda luminosa
que entreabría las rosas
que al amor llaman con constante
maravilla. ¿Qué pulso errante
se cruzó con el latido vago
de esa mala musa que hizo estragos
en tu cuerpo pero abrió las compuertas
de una usina de pesadillas muertas
que reviven cada vez que alguien te lee
y se agitan, y conquistan, y poseen?
¿Cómo fue que los olores de la miseria
y los perfumes del delirio, y la histeria
de tus incontables esperpentos, eclipsaron
la belleza atroz con que tus palabras contaron
tantas historias,
Edgar Poe,
que hoy de todos son memoria?