Borges on Avon
 

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XXIII

 

Una lenta batalla,
sigilosa,
pródiga en minucias,
casi inmóvil a la ciega voluntad
de los espectadores,
se libra —se condena— entre
mi tiempo y el Tiempo,
mi rostro y el del espejo,
mi corazón y el músculo que late.
Entre el otro, el casi ajeno,
y yo, el secreto.
Entre la carne que procede
segundo por segundo
y aquello que no sé ni nunca supe
qué es,
si ilusión de una memoria artera
o memoria de esa carne,
si hálito impalpable
o mera química supina.

Otros me cantarán
en días por venir,
me cantarán
por algo que habré hecho y no comprendo.
Así será, lo sé. Lo espero
también, pues quizá alguien,
en cien años, en mil,
quién sabe cuándo,
en una tarde azul, o una mañana gris,
o más probablemente
en lo profundo de una noche aciaga
y de repente iluminada,
descifre lo que a mí mismo se me escapa:
la clave escondida entre las letras
que mi mano traza, resignada
a ser la mano también incomprensible
de este Schopenhauer
que no entiendo.