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XLI

 


Torne en mi voz el verso del latino,
del persa, del inglés y de aquel griego
(si hay que pedir, que no sea humilde el ruego),
torne en mi voz el hado sin destino
a relatar, antes que el alba emigre,
la saga de este ripio permanente
—hombre o poema, el sueño o el tigre—
que es vivir, en el magro continente
del que imita la voz del moribundo
soneto que otro muerto ya copiara,
un yerro endecasílabo, la tiara
de una reina acéfala. El mundo
reducido al remedo, a la roma
dentadura de un pálido vampiro
que busca ser el otro y sólo toma
del otro un aroma, un tenue giro,
un eco. Sólo queda el ruego vano :
torne en mi voz el verso borgesiano.