Borges on Avon
 

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XL

 


La historia fue contada muchas veces. Se sabe
que Apolo le dio el don de la videncia, y que ella
—Casandra del embrujo y la cadencia, la bella
gemela de un vidente— fue, con creces, la llave

que abrió el feroz arcón de la lujuria de Apolo.
El dios —si es que hay un dios que se enamore— la quiso
suya. Casandra se negó. “Que llore quien hizo
arder así”, gritó Apolo, “mi furia, que sólo

haya lágrimas para ella”. La vena macabra
de Apolo decidió algo despiadado: que fuera
vidente, mas que nadie en ningún lado creyera
sus augurios, que oyeran sólo obscenas palabras

cuando ella viera cosas del futuro. Espanto
mayor jamás a nadie fue infligido. De un trazo,
el dios borró de su vida el sentido. ¿Acaso
es concebible un destino más duro? ¿Y cuánto

hay de Casandra en mi videncia inútil? Dejarla
atrás no alcanza. Sólo algo no es fútil : matarla.