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VII

 

Hordas del tiempo
arrasan y devastan mi memoria
que es una aldea adormecida
y un universo que despierta.
Cargan los días muertos,
con una épica distante, distraída,
como escuadrones de lluvia,
brigadas espectrales cayendo
a degüello
sobre la farsa pueblerina de la tarde.
Quizá porque es domingo, ese día
hecho más de espacio que de tiempo,
hecho de vacuidad, de hastío, una zona
de acechanza, un destierro.
En esa calma canallesca, los
yelmos del pasado resplandecen,
las hordas multiplican su venganza voraz,
y todos los presagios se desnudan
a la luz de las hogueras,
chillando sus cánticos burlones
de borrachos triunfantes e inapelables.
Inútil esconderse en la guitarra.