Borges on Avon
 

Home

 

 

V

 

Caminaba desguarnecido,
solo, frágil, como sin rumbo.
Y ajenos ojos, a los tumbos
avanzaban sobre el perdido
contorno blanco de sus pocos
cabellos, sobre su figura
anacrónica. Sin premura,
lento, lejano: así lo evoco.
Caminaba, por cierto, lejos
de las mujeres y los hombres
que sólo tenían un nombre
—Borges— para atrapar al viejo
argonauta de naderías
en un vacío, vano momento
de estéril reconocimiento
(“lo vi, leyó mis poesías”).
Caminaba por este mundo,
pero intocable e intocado.
¿Quién se apoyaba en su cayado?
¿Borges? ¿El otro? ¿El vagabundo?
Nadie lo supo nunca. Acaso
él tampoco. Sueño de un sueño,
vagó por esquinas sin dueño
y se adueñó de los ocasos,
sin poder hallar la respuesta
a lo que tal vez lo asombrara:
que en el mar de su vida rara
no hubiera ola, sólo cresta.

Sólo se permitió el derroche
—más bien la suerte no elegida—
de ser el toro y la estampida
sobre la yegua de la noche.
Caminaba. Aunque no viera
la envidia fútil, ese brillo
al revés, mustio y amarillo
como el color de la ceguera.
Su mundo era Maipú, Florida,
la oscuridad llena de voces,
la intimidad de ciertos roces,
el alba incierta y repetida.
Muchos lo vieron: caminaba
entre todos. Pero no estaba.