Prólogo,

por Osvaldo Bayer:

LA POESÍA DE LA TIERRA


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Kallfu Mapu. Tierra Azul. Ya el título invita a cambiar de escenario. Entrar en poesía. Comienzo a leer y, sin notarlo, abro la boca, como si quisiera que las palabras entraran, permanecieran allí, y después abrirla y que los labios comenzaran a pronunciarlas en otro tono. La poesía. La poesía azul. Quisiera estudiar el idioma mapuche para escuchar la misma poesía pero con otros sonidos. Los sonidos azules de la tierra.

 Néstor Barron ha hecho este libro. Poesía mapuche contemporánea. Una poesía que no conocemos. Que siempre fue escondida por la cultura oficial. ¿Por qué? Si ellos, los habitantes de la tierra azul, viven en esa tierra desde siempre, milenarios en estas pampas interminables. ¡Tienen tanto que decirnos! Tienen tanto que enseñarnos...

En este libro de sus poesías empezaremos a conocerlos como son. Nos muestran un mundo distinto al nuestro. Con ellos viven las piedras, los colores, los arroyos; nos hablan los árboles, los ojos de la naturaleza viva en la noche; nos traducen los cantos de los pájaros que son distintos hora tras hora, y también las palabras del viento al pasar por la tierra azul... El Sur.

 Néstor Barron transmite lo que le dijo un poeta de esa tierra sureña: “la lengua sólo existe para poder nombrar las cosas sagradas de la naturaleza, la piedra, el agua, el árbol, el río.” Y así termina su canto el poeta azul: “quisieron arrancarnos la existencia. Por eso es que cantamos todavía...”

 Sí, no fueron derrotados para siempre. Resistieron con la palabra. Cantan todavía. Se los persiguió, se les quitó su Sur, se los llevó esclavos o fueron muertos con el remington en sus propias tierras por generales y gente de uniforme, se les quitó hasta sus hijos. Pero esos hombres y mujeres de la tierra siguieron escuchando a las piedras, a las aguas, a los senderos que ellos habían marcado en siglos, y siguieron respondiendo a los pájaros, a los árboles, a los vientos, a la lluvia. 

 Aquí está todo ese canto. Por eso, la poeta Graciela Huinao nos dice con la voz de su padre: “en lenguaje indómito nacen mis versos de la prolongada noche del exterminio”. Exterminio cuyos autores se quedaron con el Sur pero no pudieron acallar a los que pudieron salvarse, ni a sus hijos, ni a los hijos de sus hijos. La gente de la tierra. Por eso esa poeta nos enseña cómo fue: “Es tu vida, me dijo una vez mi padre colocándome un puñado de tierra en la mano... mi pequeña palma tembló”. Nos habla del “pequeño universo de mi palma”. Y por eso sabe ver a la lagartija cuando nos dice: “ante mí entibia su carne con el sol de cada día”. La lagartija. Y así aprendemos a descubrir la tibieza de la lagartija. Que es también la tibieza de la tierra.  En Walinto: “Un niño tiene que haber pintado las pampas de Walinto. Por la forma de sus árboles, lo simple de su geografía”. Sí, todo el Sur fue pintado por los niños, diseñado por ellos, pensado por ellos. Todo tiene algo de grandeza infantil, de profunda inocencia. Por eso “Hacha en mano, abuela, defendiste tu tierra. Cerraron tus cicatrices y yo abro este poema”. La abuela, su niñez, el horror de la guerra: Almerinda Loi Katrilef.

  Y luego se abren las páginas de Elicura Chihuailaf quien nos va a dar la clave de dónde viene la poesía. Nos dice: “mis autores clásicos favoritos son mi familia, esos relatos que escuchaba, las adivinanzas y sus conversaciones”. Claves. “El destello del fuego, de los ojos, de las manos”. Y nos va abriendo el paisaje porque insiste en que “los árboles, las piedras, dialogan entre sí, con los animales y con la gente”. Largos silencios. Largos relatos. El abuelo le describía: “las almas que colgaban en el infinito como estrellas” y nos enseñaba “los caminos del cielo, sus ríos, sus señales. Los caminos del cielo. ¿Las estrellas son almas? Las señales del cielo. Hay que mirarlo mucho para descubrirlas. Y las estaciones del año tienen otros nombres y son más: Brotes de Luna fría, Luna del verdor, Luna de los primeros frutos, Luna de los frutos abundantes y Luna de los brotes cenicientos. La Luna y el verde nos van indicando los tiempos. Antes de despedirse nos va a definir la poesía: es sólo un respirar en paz. Y el poeta es un “avestruz del Cielo”. Y se nos va, entregándonos “El caballo azul de la palabra”. Se despide desde lejos “Saludando con pájaros la Cruz del Sur”.

 Nos dejará con Leonel Lienlaf quien nos anuncia: “Se ha despertado el ave de mi corazón”, ave que “extendió sus alas y se llevó mis sueños para abrazar la tierra”.

 En él, ya la poesía es un vuelo. Nos pide: “escuchen hablar a mis lágrimas”. Pero alguien lo consuela: “Tus lágrimas debes dárselas a las flores / me habló el pájaro chicao”.

 ¡Qué solución, que consejo da la Belleza. Por eso nos despide diciéndonos: “comencé a sentirme árbol”. Árbol.

 Por eso, María Teresa Panchillo Neculhual nos enfrenta con la visión de un árbol muerto: “el tronco de un hualle / tirado en el suelo/ parece el cuerpo desnudo/ de un hombre muerto”. Ante esto, Néstor Barron nos alerta y nos informa: “Esa es la mirada de la madre tierra, sin distinciones en la ternura hacia todas sus criaturas. Desde esa mirada y a través de su poesía, Marta Teresa Panchillo plantea la reconstrucción de los territorios originarios”. Y la poeta no se queda ahí y recurre a su ser mujer: “Saber que palpar vuestros cuerpos / es palpar la tierra”. Poesía como primera instancia: “tú abriendo surcos en la tierra/yo versos en la poesía”. Dos acciones para un mismo fin.

 Pero no se olvida del pasado cuando en la tierra no había aduanas ni límites. Y les canta a “mis antepasados” que “defendieron con sus vidas esta tierra sin fronteras” y “en alguna cascada / río o vertiente / tomaré mi agua con harina tostada / en memoria de ellos”.

 Bien. Quiero que mi prólogo no sea nada más que un abrir la puerta a este paisaje tan profundo como subyugante. No quiero hacer mi interpretación. No, a la poesía hay que leerla y levantar la mirada. Hemos hablado de cuatro poetas hasta ahora. Al lector le esperan diez más. Pero además, también el original mapuche, para comenzar a verlo, a leerlo, a pronunciarlo, a escuchar sus sonidos naturales, plenos, sonidos de la noche y del silencio. El lenguaje de la tierra. Y como dice aquí el poeta Wewün Nagtül: “coceremos estas alfarerías con nuestras manos / alegres iremos a encender el fuego”.