BERNARDO COLIPÁN


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La poesía es estar de pie en la vida”, dice Bernardo Colipán Filgueira. Y sabe que todo poeta que mira hacia sus orígenes —huilliche, en su caso— asume de alguna forma el rol del weupife, el guardián de la memoria y la palabra entre los mapuche.

También ha respondido a esa función desde su condición de profesor de historia, que se une a la de poeta en su libro “Pulotre”, donde recogió, en esa localidad de la comunidad de Malalkawellu, una serie de testimonios orales que hacen foco en la cultura mapuche-huilliche devolviéndole “a la gente su propio pasado, con sus propias palabras, aportándole un protagonismo”.

Pero es en la poesía donde, a mi juicio, su búsqueda se vuelve más dinámica: viaja desde la memoria proyectándose sobre la realidad inmediata, atravesando las falsas barreras de tiempo que muchas veces convienen a quienes preferirían dejar toda la problemática de las culturas originarias en la reivindicación de un pasado, es decir de algo muerto. Cuando Bernardo habla del padre Alonso Del Pozo, de Cornelio Saavedra o del Séptimo de Línea, cuando habla de “ese difícil oficio de leer a Encina”, no está invocando un pasado irrevocable: afirma, con la contundencia de la metáfora, que todo eso sigue sucediendo. Sólo han cambiado los nombres y algunas formas de hacer.

Pienso en el ejercicio de la poesía como un modo de re-conocerse”. Ese ejercicio queda testimoniado en estos poemas, pertenecientes a su libro “Arco de Interrogaciones” (Ediciones LOM, 2005).

 

Y también un día como las garzas soñamos...

 

Y también un día como las garzas soñamos
arrebatar la revelada imagen de un estero.
Pasar silbando el antiguo
lenguaje de los cardos.
Aún quedan en el cerco
trepadas las últimas mosquetas.
Ya se anuncia en mis huesos la llegada de las lluvias.
Los mirlos anidan en los ojos
vacíos del silencio.
Estamos ciertos que debemos andar
caminos que conduzcan a ningún lado.
Llegar a casa
y esperar
a que una mujer nos pida
desabrochar su vestido puesto
en su última fiesta de cumpleaños.