ROXANA MIRANDA RUPAILAF


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Inquietante intensidad. Sumergirse en el peligro, la seducción de lo que arde. “Escribo sin aliento”, “Escribo masacrándome”. Una mujer inmersa en el fuego, o en algo más profundo: en lo rojo —bocas, azúcar quemada, heridas abiertas de las que surgen mariposas. “Me caigo en los abismos”, dicho casi con deleite.

El párrafo anterior evidencia mi torpeza para reflejar lo que despierta la poesía de Roxana, pero aquí están sus poemas para remediarlo. Pertenecen a un libro titulado “La seducción de los venenos”: ¿no produce una dulce inquietud la invitación implícita en esas palabras? Hay que probar para comprobar.

Roxana Carolina Miranda Rupailaf, chilena, nació en la primavera de 1982. Estudió en la Universidad de Los Lagos y en la de Göttingen, en Alemania. Vive en una calle llamada “Violeta Parra”, lo cual puede ser una ordinaria casualidad o un encuentro cuyo signo guardan las almas de estas dos poetas.

Quizá el signo con más presencia en Roxana sea una femineidad”, como escribió sobre ella el poeta Paulo Huirimilla “poco explorada por otras poetas mapuche de su generación”.

En 2003 publicó “Las Tentaciones de Eva” e integró la antología de Jaime Huenún “20 poetas mapuche contemporáneos”. En 2004 participó de “Sur Fugitivo”, publicación que reunió a poetas jóvenes de la Décima y Novena regiones chilenas, y en 2005 de “Canto a un prisionero. Homenaje a los presos políticos en Turquía”. En 2006 aparece en “Hilando la memoria. Antología poética de 7 mujeres mapuche” y es coeditora de la antología de poetas jóvenes “Sombras bajo el paragua”.

 

Evas

 

Hágase la tierra.

Le pondremos viento en el ombligo

y mar entre las piernas.

 

Hágase la luz y las estrellas.

En sueños celestes trasnocharé para no ser vista.

 

Háganse los peces, los animales, las aves.

Multiplíquense y habiten el reino de mis caderas.

 

Háganse las flores y los frutos

para simular la fiesta.

 

Hágase el hombre del barro de mi garganta

que de la saliva salga a cantar.

 

Hágase la mujer a mi imagen

con la divina dulzura del lenguaje.

 

 

Ritual de la ausencia y sus sombras

I

Quemaré el laurel en los rincones de la casa

en que nos consumimos.

 

Ahora sé que no volverá el movimiento

a los olores.

 

Recogeré los pelos de la alfombra.

 

No volveré a dormir sobre las sábanas

en que nos hicimos aguas

y salivas blancas de lamernos.

 

Quemaré el laurel en esta casa.

 

Con azúcar andaré quemando

las pieles y la carne.

 

Quemaré el laurel en los latidos

 

II

Mi bello tantas veces

traspasado en las hachas.

 

Abrasado

hasta el olvido

por los cuerpos del fuego.

 

Sólo me queda añorarte

en la cabeza roja de los fósforos.

 

Soñarme las salivas inflamadas

por una parafina de retornos.

 

Yo,

que sola me duermo en esta estufa

donde todos los cuerpos yacen blancos.

  

III

Mi triste niño rojo

del sueño negro y hondo.

 

En mitad del estómago

han de temblarme las sierpes.

 

Muda de las ausencias

sólo velo una sombra

y lo derramo todo.

 

IV

Armo esta sombra

        a mi manera.

 

La imagen me es deforme siendo luz.

 

Contra lo oscuro me observo.

Cuántos movimientos tiene el cuerpo

reflejados en el suelo.

 

Los que más me gustan

los toco con la tiza

cuál cadáver en memoria

los guardo en lo negro

y los miro en lo blanco.

 

V

¿Será que me doy vuelta

la cara

para mirar la sombra

que me volvió niebla lo oscuro?

 

Me tiemblo de mirarte ausente

y de sentirte

en las bocas que no eres.

Deseo el olvido como a la carne

en la mandíbula

de tigresa.

Mi despedazado,

sangre chorreante,

tibios miembros que muerdo

trozos que arranco y devoro

sin saciarme.

 

VI

Me desangro en pétalos

contra el viento.

El rocío me quiebra los labios.

 

Todo el olor no basta para embriagarte los ojos

y meterme.

 

Tanto temblor de lo frágil

  agua

  en la tierra

  caerme,

  y de lo rojo

          nada

porque todo lo destiñó el tiempo.

 

VII

Déjame en este sur en que me encontraste

anudando mis cabellos a la niebla.

Déjame en este instante en que me vuelvo agua

y me voy por ríos negros

y me crezco en los pantanos

y me doy a los animales

que nunca sabrán de qué soy.

En boca ancha y pegajosa

déjame

serme barro

y llenarme de moscas.

 

VIII

Me caigo a los abismos.

 

Me abro las heridas

y unto dedos

 

para ver si por milagro

emergen mariposas.

 

IX

Reventada

en calles zigzagueantes

se explota los ojos con el líquido.

Respira lo verde

hasta gritar.

Abraza cualquier

música

en cualquier hombre.

 

Todo le produce mariposas

hasta que estas se desangran en estómago

y se vuelven de un solo color

en un encierro doloroso

de vuelos sin salida.