Borges on Avon
 

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IV

 

Las cosas, las pequeñas
cosas que no entienden la elegía,
definen mi contorno.
Son mi dibujo secreto, el testigo
de mis horas, prodigándose
en una complicidad que desconocen.
Allí están los libros —no las obras,
los objetos
de antigua pasta o humilde cartulina—
hospedando el polvo y el silencio,
mausoleos casi,
la mayor parte del tiempo sin sentido.
Ahí está la lima, que
me modifica y no sabe
que me espera, inexorable, un destino en el que ella
no moldeará mis uñas aunque sigan creciendo.
Ahí está la pluma inglesa, madre
amorosa del aroma de la tinta
que me devuelve algo de infancia
(anoto una vez más que el paraíso es
sólo lo perdido, lo lejano).
Ahí están
las cuerdas y sus guitarras, la
caja de fósforos que fue un pensamiento de
alguien que me recordó en Praga y
ahora es casi un defecto del estante,
el tupi sobre el piano
que testimonia
un Oriente que me es ajeno, el ajeno
piano en la noche dormida.
Ahí están las páginas que otro escribió
con esta mano que ahora escribe, con
otra tinta que ya no huele.
La moneda de Italia, la moneda
sin su centro del Japón, las monedas de
otro país que misteriosamente
sigue llamándose Argentina. Ahí están.
Y allí las botellas vacías,
inútiles y heroicas como un
recuerdo olvidado, como
la memoria de los amores que no sucedieron.
Ahí están los korrigans, dos estatuillas
que regresaron conmigo de la Bretaña
de Arturo y de Merlín, y que son
mágicas sólo en virtud de esa travesía.
Y el reloj de bolsillo de un desconocido.
Cosas. Cosas que me ignoran y describen.
Yo casi ya no soy, ellas persisten. Yo
casi ya no estoy.
Cuando me vaya, las cosas
serán lo que no es,
la sombra, nada.