2008 Buenos Aires

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Buenos Aires no tiene avenidas,
sino fronteras.
Decenas de fronteras con la nada,
no importa la dirección en que
las cruces.
En esta esquina
anacrónica como todo lo marrón,
el bar anuda dos de ellas.
Hay un cansancio de insecto moribundo
en la lluvia que golpea la cabeza
calva de la tarde, y hay
una teta roída por las encías sin dientes del
fracaso olvidada sobre el mostrador
verde y negro como un
muelle enmohecido. Es todo
lo que hay.

De pronto,
inexpresablemente,
se detiene en la esquina una muchacha.
Lleva un paraguas, una pequeña valija, un
impermeable azul. Viene
de algún sitio al que un día volverá.
En otro tiempo, en otro lugar, en
otra vida, en
una película francesa,
la escena sería el comienzo
de una magnífica catástrofe.
Pero hoy
ya no tiene sentido ir hasta ella
para que empiece a amarme sin esperanzas
bajo la lluvia.
Tiempos quietos y
las nuevas tendencias del diseño
han resecado el perfume deliciosamente suicida
de la melancolía.