-VÁYANSE TODOS A LA MIERDA, dijo Clint Eastwood-

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Fiesta en lo de Anamá

 

¡Viniste!”, grazna Anamá. No puedo negar la evidencia, así que sólo sonrío. “Ahora sí estamos todos. Pasá, dale...”.

¿Estás segura que estamos todos?”, digo tras echar una mirada a la sala.

No entiendo...”.

Creí que era el cumpleaños de Mateo...”.

¡Ah! Sí, bueno, Mateo debe estar por llegar... supongo. Hoy a la tarde le dije que llegara temprano. ¿Qué tomás?”.

Anamá va a buscarme una copa, cuando entra Mateo. Me da un beso y sonríe con una resignación vieja, como de quien cumpliera 118.

Mi vieja me dijo que ibas a venir. Estaba en el bar de enfrente esperando verte llegar”.

¿Cómo?”.

Y, sí. Ya viste lo que es esta casa: la jaula de las locas funcionando a tope...”.

Bueno, no parece muy diferente a otras noches aquí...”.

A eso iba. Hoy es mi cumpleaños. ¿No podíamos, para variar, cenar sentados a una mesa con un par de amigos que yo invitase?”.

Mateo es un ser increíblemente perceptivo y profundo, sereno, reflexivo, exquisitamente inteligente. Cómo armó esa personalidad cuando, desde siempre, su paisaje cotidiano fue esta reserva natural de creeps marginales y fellinescos, es un misterio. Anamá pasó su adolescencia en los submundos, y cuando empezó a ganar dinero con la televisión se mantuvo fiel a su fauna de origen. Todos los días su casa es una romería, pero nunca encontrás actrices famosas, productores importantes o empresarios de primera línea. Lo que hay son putas, travestis, todas las posibilidades de parejas o tríos que se puedan formar entre seres humanos, un cierto porcentaje de psicóticos y un toque de adicciones y alcoholismo para matizar las reuniones. Esta es la puesta en escena que veía Mateo cuando llegaba con su uniforme de colegio privado a los seis años, y la que ve hoy que es su cumpleaños número 18.

Pero bueno, por lo menos estás vos para hacerme el aguante”.

Seguro. Aprovechame mientras conserve mi libertad”.

¿Qué?”.

Nada. Buscame algo para tomar, que tu vieja ya se olvidó que me iba a traer”.

Me quedo pensando en que, si uno juzgara por el resultado —Mateo es el hijo soñado de cualquiera—, no se puede criticar mucho a Anamá. Qué sé yo. En lo que sí se equivocó es al decir que con mi llegada “ya estábamos todos”. Aquí siempre puede llegar alguien más, aún cuando echando una mirada alrededor uno podría pensar que el Arca de Sodoma ya tiene todos los especímenes posibles.

¡Miren quiénes vinieron! ¡Y juntas! ¡Miren!”, chilla orgásmicamente la dueña de casa. Obedezco, y entonces veo la entrada triunfal de Jazmín y Berta.

¡Tenemos grandes noticias para darles!”.

¡Dos grandes noticias!”.

La fauna se amontona alrededor de las recién llegadas, entre grititos de excitación y saltitos histéricos. Mateo no quiere acercarse, pero mi curiosidad es suficiente para empujarnos a ambos.

La primera noticia...”, dice Jazmín y hace unos segundos de suspenso paseando una mirada ovoide y desenfocada entre la distinguida concurrencia.

¡Ay, dale, hablá!”, ruega Anamá.

La primera noticia...”, repite Jazmín, “es que... ¡acabamos de regresar de Chile!”.

¡No!”, cacarea Anamá tomándose el pecho como una Madonna asmática. “¡No me digas que... que te decidiste y...!”.

¡Sí!”, grita Berta. “¡Se operó! ¡Y la segunda noticia es que vamos a vivir juntas! ¡¿No es lo máaaaximo?!”.

Entre los graznidos y berridos que se disparan, vuelve a superponerse la voz de Anamá:

¡Hay que festejar! ¡Vamos a improvisar una fiesta de compromiso! ¡No: de casamiento! ¡A ver, ¿quién oficia de cura?!”.

Mateo me echa una mirada de profundo hastío, pero el suspiro que le sigue es casi de alivio. Ya no es necesaria su presencia en su fiesta de cumpleaños.

La otra historia es simple. Berta es lesbiana, o al menos lo era hasta que se enamoró perdidamente de Jazmín, lo cual conmovió todas sus estructuras y la llenó de cuestionamientos: Jazmín es travesti. Al principio, Berta sufrió el lógico rechazo de Jazmín, pero más allá de los cuestionamientos su amor era tan intenso y de alguna forma tan invasivo que terminó por lograr que el travesti cediera. Ahí se invirtieron las cosas, porque Berta fue presa de una devastadora crisis de identidad —estaba enamorada de un hombre, por más tetas que tuviera—, y, valga el chiste idiota, plantó a Jazmín.

Entonces fue Jazmín quien entró en crisis. Le gustaban los hombres, por supuesto, pero lo cierto es que jamás alguien la había amado con un amor tan sincero y profundo. Pues bien, resolvió la crisis tomándose un avión a Chile y haciéndose extirpar el pene. En términos técnicos ahora es un transexual. Pero a los efectos del amor, el travesti se hizo lesbiana.

Y aquí están las dos, iniciando su nueva vida de pareja. Toda una conmovedora historia de amor, al menos mientras dure. Que será, supongo, hasta que Jazmín se dé cuenta de que no tiene más lo que le colgaba entre las piernas, que Berta nunca lo tuvo así que no es problema de ella, y que lo único que queda para una extravesti es plástico con pilas en el culo porque no siente nada en las tetas ni en ninguna parte de las que Berta sí disfruta, y que la cuestión no tiene retorno y sólo le queda por delante toda la puta vida igual. Conmovedora historia, sí.

 

  

Me gustaría dedicarme de lleno a la Teoría de las Cuerdas. Claro que, para hacerla bien, tendría que conseguirme alguna beca en Estados Unidos. Acá no podés investigar ni las cuerdas de una guitarra”.

Pero antes tendrías que cumplir ese pequeño trámite de doctorarte en la Universidad, ¿no te parece?”.

Hablamos con Mateo en la cocina. En la verdadera, que es un pequeño recinto de un metro y medio por tres. Porque también está la cocina fashion de Anamá, un ambiente enorme con barras y woks colgantes. Pero esa es para recibir a la gente y comer fondue. La cocinera, para lo concreto y cotidiano, usa esta cocinita. Que está maravillosamente apartada del circuito de la jaula de las locas. Sólo tiene una ventanita que da al hueco del edificio, casi pegada a la pequeña ventana de uno de los baños de servicio.

Bueno, pero sé que en cuatro años, como mucho, liquido la carrera. Y ahí trataría de irme. En New Jersey, por ejemplo, hay un argentino que está revolucionando todas las ideas sobre el funcionamiento del universo. Conectó la Teoría de Cuerdas con la mecánica cuántica, lo que tantos venían intentado hace años. Su teoría se conoce como ‘la conjetura Maldacena’, y...”.

¿Te gustaría conocerlo y charlar con él? Viene cada tanto al país...”.

¡¿Lo conocés?!”.

No es un mérito científico. Es sólo que sus padres viven en Caballito. Y tienen ese hijo genio porque son personas muy raras: creen que yo escribo bien”.

¡¿Qué hacés?! ¡¿Te volviste loco?!”.

Esa frase no fue de Mateo, por supuesto. Pareció venir de la ventanita del baño. A la voz siguen ruidos de cosas que caen, forcejeos y sonidos humanos ahogados, como si le taparan la boca a alguien que quiere gritar.

Che, ¿pasará algo malo?”, dice preocupado mi proyecto de científico loco.

Y... en esta casa es difícil calificar de ‘bueno’ o ‘malo’ a cualquier cosa que pase”.

Nos acercamos a la ventana de la cocina para tratar de oír mejor. De pronto, entre los ruidos mezclados, surge un claro y prolongado “¡No...!”.

¡Vamos!”, dice Mateo y sale corriendo de la cocina. Tengo que seguirlo, maldito sea el pendejo heroico.

El baño está trabado por dentro. Si no fuera por el estruendo de los golpes que da Mateo contra la puerta para forzarla y sus propios gritos, quizá hubiéramos reparado en que los ruidos del baño cesaron.

La traba interior de la puerta salta, reventada, y entramos para encontrarnos con una escena inesperada: Elina, una prostituta paraguaya que últimamente Anamá adoptó como protegida, con su minifalda desgarrada colgando de las dos tiras que permanecen unidas al cinturón y kilos de lápiz labial corridos alrededor de su boca dándole un aspecto de mulata con herpes facial, acaricia la cabeza de un hombre que, con sus ropas abiertas y desacomodadas, llora desoladamente sentado en el inodoro.

Bueno, está bien, tampoco es para tanto, controlate... Ya está, olvidate... Basta...”.

A cada palabra de consuelo de Elina, el hombre responde con un nuevo sollozo.

Elina”, digo, “¿podríamos saber qué pasó acá?”.

Y, la verdad es que... yo me vine a este baño alejado para clavarme una línea, y de repente él entró y trató de violarme. Y casi lo hace, pero... bueno, en fin, no pudo... No se le paró”.

Mi primer impulso es buscar alguna tijerita de esas para las uñas de los pies, que seguramente habrá en algún cajón del vanitory, y dársela a este infeliz para que se corte la verga. ¿Puede haber algo más humillante para un violador que ser impotente? Hasta en esto hizo mella el mundo gay. Fuck yourself, violador impotente...

 

 

La noche ya no da para hablar sobre el futuro de la física cuántica o planear visitas a Maldacena, así que Mateo se fue a dormir. Debería hacer lo mismo, pero es temprano y estoy muy lúcido así que si me duermo ahora temo soñar que degüello a Andrea con la tijerita de los pies mientras Federico nos baila alrededor una versión trash de Zorba el Griego. Lo mejor será dejar correr las horas y clavarme un par de litros de whisky para asegurarme una mínima inconciencia al llegar a la cama. A sumergirse, entonces, en la caldosa marea de la jaula de las locas.

Alguien me abraza desde atrás.

¿Cómo estás? ¡Cuánto hace que no te veo...!”.

Cuando Anamá llegó a Buenos Aires hace veinticinco años, Romina la sacó de la calle, le dio catre y comida, y le enseñó todo sobre el oficio de la prostitución. Ahora Romina tiene cerca de 50 años y está orgullosa de lo alto que llegó su protegida, pero sigue ejerciendo la prostitución porque su mismo orgullo le impide dejarse mantener por Anamá. Esto no es tan raro. Lo verdaderamente raro es que Romina —su increíble nombre real es Regalada— está embarazada.

¿Qué... qué es esto?”, balbuceo.

Esto puede ser una prueba de que si te mantenés en actividad la menopausia se te retrasa...”.

Bueno, sí, como prueba es contundente, pero...”.

¡Rulo, vení! ¡Vení!”, y Rulo responde al llamado de Romina y se acerca, devorando un sandwich de miga mientras sostiene media docena en su otra mano.

Este es Rulo”, me dice Romina, y tocándose la panza de seis meses agrega: “Mi socio en este asunto”.

Rulo me dedica una sonrisa rebosante de ananá y mayonesa, y sigue su camino. Miro a Romina sin poder hablar.

Sí, ya sé, es casi un nene. Tiene 16 años. Bah, los cumple a fin de mes. Y bueno, así se dieron las cosas. Rulo se había ido de su casa, ya sabés cómo es eso, el padre borracho que le pegaba a la madre... Empezó a dormir en los galpones de Juan B. Justo, y a los pocos días me lo crucé... El padre lo había traído a debutar conmigo unos meses antes, así que... Nada, que me lo llevé a casa y...”. Sonríe arrojando pilas de años por los ojos y vuelve a acariciarse la panza. “...y nada, acá estamos”.

Ahora me mira más seria y los ojos se le llenan de lágrimas.

En treinta años de puta no tuve ni siquiera un aborto. Estaba orgullosa de eso. Pero cuando me enteré que estaba embarazada... y ya sé, vos pensarás que no fue ningún accidente, es obvio... cuando me enteré que estaba embarazada se me vinieron todos los años encima, y me puse a llorar como una tarada agradeciéndole a Dios. Decime, ¿cuánto me podía quedar para trabajar? ¿Cinco años más? ¿Siete? ¿Vos tenés idea, te podés imaginar qué sola puede llegar a estar una puta vieja?”.

No, Romina, no puedo imaginar eso. Yo soy un tipo sencillo, más bien limitado. Esa quizá sea una pregunta para Maldacena y su equipo de genios de New Jersey. Yo no sé sobre agujeros negros y antimateria. Yo sólo soy un pibe de Caballito. (Ah. Como Maldacena. Es cierto...).