-VÁYANSE TODOS A LA MIERDA, dijo Clint Eastwood-

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Tatiana Caníbal Cuántica

 

Había noches que, en la cama, Tatiana me daba miedo. Miedo de que una de esas noches acabara por devorarme.

Miedo dulce y embriagador, sí. Pero real, concreto. Alguna noche Tati iba a cruzar una última línea y me iba a comer.

Nunca había sentido algo así. Con nadie. Debí salir corriendo la primera noche que nos acostamos. Pero, ¿cómo pedirle esa prudencia a alguien que tiene hormigas en el culo de la mente?

Debí salir corriendo la primera vez que vi ese valle exuberante entre sus piernas, con colinas, hondonadas, grutas y arboledas como hubiera querido imaginar el Arquitecto cuando le encargaron que soñara el Edén. Toda esa superficie mágica parecía vibrar en forma imperceptible pero contundente, como si en lo profundo de la matriz se estuviera liberando la masa crítica del sexo primordial y viniera hacia el punto de desborde montada en una alfombra de espuma cuántica transportada por un infinito ejército de taquiones.

Toqué. Se produjo una reacción en cadena que inundó la habitación de chispas de jade electromagnéticas que se pusieron a danzar sincrónicamente como leucocitos arrojados de súbito a los cuerpos cavernosos del miembro de un ahorcado. El clítoris, hinchado y erizado, empezó a girar como una hélice de coral conectada a una turbina atómica, como un mantra nuclear cuyas revoluciones sólo podían medirse en algoritmos cabalísticos.

Era imposible pensar en cuestiones como el desenvolvimiento de la espiral sexual con fases de excitación, fases preorgásmicas, mesetas y toda esa huevada. El curso de las cosas era impredecible, zambullidos en la nebulosa dinámica del universo atómico. Allí no existía un asunto tal como la causalidad. Nadábamos, nos deslizábamos, flotábamos en un biogravitón primorosamente decorado con cortinas teleológicas. Energía, pero no fuerza ciega. Vertiginosidad, pero no histeria. Flotar en el mullido vacío. Sexo acuático en el aire. Mi verga omnijetiva sumergiéndose en el superespacio uterino en busca de esa masa crítica del sexo primordial para producir la fusión nuclear, sin que esto implicase perseguir ese o cualquier otro objetivo.

Los portales del superespacio eran pura carne caliente latiendo y oliendo a almendras, y tras esos portales sólo podía haber más de la misma maravilla multiplicada. La verga —ya a esta altura emancipada y francamente taoísta— comenzó a sentirse como en el palacio de soltero de un sultán imaginario.

Había medusas de tul que la hamacaban, solícitas, con la dedicación que pondría una puta francesa en la resolución de un enigma matemático. Había espesas salsas calientes y pegajosas que la acunaban como si no fuera una verga sino un bebé sospechoso de mesianismo. Y había, ay sí, una inmensa población de erizos de gelatina contra los cuales el glande podía arrojarse y rebotar con la alegría infantil de un anciano en su primer fin de semana a solas con una adolescente pervertida en una cabaña perdida en el bosque. Todo bien bañado e impregnado de olorosas espumas que manaban de esponjas con corazón de crustáceo, un denso flujo marino que parecía el resultado de todo lo transportado por las corrientes desde lejanas playas en las que a la orilla del mar se celebraban orgías interminables cuyos desperdicios —esperma, secreciones vaginales, coágulos menstruales, saliva, sudor— eran confiados a la sabiduría de las olas, además de condimentos circunstanciales como la sal, las algas y la imposible orina de los tiburones.

Y todo realzado con música, por supuesto. Música de sopapas que fracasan y de splack-splush-gluock, adornada con percusión de peditos vulvares. La música que hubiera podido componer Debussy un día después de su muerte, en caso de que hubiera muerto de sífilis.

Fue un paseo mítico y fundacional por la Scheidestrasse. En tal estado de tensión y expansión que el prepucio iba a cortarse en cualquier momento como la cuerda de un piano, la verga taoísta recorrió la Scheidestrasse arriba y abajo, respirando en los portales y hundiéndose hasta que la única forma de ir más hondo hubiera sido que yo mismo fuera tras ella, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, arriba y abajo, y otra vez, y arriba y abajo, y el clítoris girando sobre sí mismo hasta fabricarme un ombligo en la pelvis, y el escroto como una bola de demolición contra las nalgas cada vez más tensas, como un par de campanas enloquecidas en busca de su badajo perdido, una y otra vez, plack-plack-plack, y más y más y más, y otra vez, y el coño holográfico lleno y a la vez inabarcable, demasiado abierto y a la vez completo en sí mismo, empapado y generoso, rotundo y contundente pero sin bordes, cálido y tormentoso, y qué bello mundo sería este mundo si ese coño fuera su símbolo...

Toda la Scheidestrasse era de punta a punta una gran fiesta hospitalaria que rezumaba vida hasta en lo que de muerte pudiera haber en semejante entrega.

Hasta que un giro de creep en ayunas nos derribó. Caímos boca arriba los dos en la cama, con los rostros casi pegados y los cuerpos disparados hacia cualquier lado, formando una “L”. Respiramos como pudimos durante unos segundos, luego nuestras miradas se cruzaron, nos sonreímos extraviados y estrábicos, y ambos cerramos los ojos.

Respiré profundamente dos veces, volví a abrir los ojos, la besé tontamente en la mejilla. Ahora ella abrió sus ojos, volviendo a sonreír.

Uf... Cómo nos dormimos, ¿eh?”.

¿Qué?”.

Ah, vos no te quedaste dormido en este ratito...”.

¿‘Ratito’? Tati, no cerramos los ojos por más de quince segundos...”.

¿Estás seguro?”.

Sí, claro”.

Qué raro... Porque me pareció que el sueño que tuve había sido largo...”.

¿Sueño? ¿Ahora? ¿Recién... soñaste?”.

Sí... Era un barco, muy antiguo, una especie de galera pero muy despojada, rústica... Había muchas mujeres esclavas, que eran las remeras. De alguna raza que no podría especificar. Rostros antiguos, en piel y huesos... Algo muy lejanamente parecido a refugiadas iraquíes... Transmitían un sufrimiento inmenso, inmenso... Hasta que entendí que estaban todas muertas. Habían muerto de hambre”.

Y todo quince segundos después del sexo. La vida me pareció entonces un lugar posible. Por eso tenía que haber huido esa primera noche. Porque a menudo lo posible termina siendo un hilo suelto en tu vida, y ahora sé que eso no es bueno.