-VÁYANSE TODOS A LA MIERDA, dijo Clint Eastwood-

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Merlina K.

 

Señoras, señores, caballeros, damas, rabinos, imanes, papas romanos o satánicos, excelentísimos miembros del Gabinete en el Exilio, cabalistas y cabuleros, santos mendicantes, nazis y sionistas, sufíes, carabinieri, agentes de bolsa y de seguros, cristianos, leones y compañeros en general: con ustedes... ¡Merlina K.!

¿Cómo andás, nejed? ¿Se puede saber por qué carajo hace tres años que ni siquiera me mandás un mail? Pero antes que nada: ¿qué es eso que me dijiste por teléfono, de que Federico y vos están enredados en ese crimen de Barrio Norte?”.

En este país imbécil donde todos creen en la Información, nada más fácil que ocultar un par de nombres. Basta con que una multinacional se lo aconseje a alguien del Ministerio y este traslade el consejo al juez de la causa. Claro, sólo hasta que la multinacional considere que llegó el momento de aprovechar comercialmente la difusión de los nombres y entregue la cabeza de Federico a la prensa.

No hablemos de eso todavía. Contame cómo estás vos”.

Mi pregunta es absolutamente espiritual, porque el resto está a la vista. Si Merlina K. era espectacular hasta que dejé de verla hace tres años, ahora, que tiene 26, estilizó de un modo tan sutil su espectacularidad que resulta difícil estar frente a ella sin quedarse atónito murmurando “blerwm, blerwm” con los dedos tamborileando en los labios.

Estoy bien. Estoy saliendo con un abogado que me lleva veintidós años, lo cual significó un despelote absurdo en su familia ‘legalmente constituida’, con escándalos policiales y psiquiátricos, en fin, una porquería... Y mi vieja, por supuesto, klage y klage de la mañana a la noche, y sólo se interrumpe para decirme que está segura de que yo ni siquiera voy a tener la decencia de acompañar su cuerpo hasta el cementerio judío de La Tablada, cuando finalmente el sufrimiento se la lleve. Pero ya se va a acostumbrar. En cambio, la esposa de mi novio va de mal en peor. Hace diez días, se vació en la garganta un frasco de insecticida en aerosol. Típica burrada de una fracasada que en realidad está muerta hace quince años. Lo único que supo hacer toda su vida es deprimirse en un yate, criar grasa en el cerebro, parir un par de hijos como parte del negocio y amargarse y aburrirse y achatarlo todo. Y después se vuelve loca porque su marido se enamora de alguien como yo...”.

“Alguien como yo”, dice. A los 20 años, además de un exterior invencible, tenía ya una deliciosa hipercerebración que le hacía escupir dos o tres ideas por minuto, todas ellas estructuradas desde una visión del mundo por completo original, que lo ponía todo patas para arriba dentro de un sombrero de bruja y allí lo agitaba produciendo nuevas criaturas calidoscópicas que, sin embargo y por estar hechas de materiales cotidianos, cualquier idiota e incluso un empleado podían reconocer. Y ante las que todos —empleados, genios, chamanes o funcionarios públicos— quedaban haciendo “blerwm blerwm”. Dos años después, se recibía de abogada. Y las escenas que escribía para televisión, de haber llegado a manos del productor de alguna serie de Sony, le hubieran reportado millones. Leía a Nietzsche mientras miraba “South Park”. A los 23 años cantaba en un coro celta, bailaba salsa en un grupo cubano y empezaba a trabajar en el estudio de derecho tributario más importante de Sudamérica. Ahora, a los 26, cuando la llamé por teléfono para que nos encontremos me contó que pronto se recibirá de traductora de chino. “Alguien como yo”...

Yo no sé por qué no se deja de joder esa vieja pelotuda”. Vieja que tiene cuatro años menos que su novio, por cierto. “Pero en fin... como te decía, estoy bien”.

Pero el tipo... tu novio... ¿sigue viviendo con su mujer?”.

Más bien. ¿Por qué te creés que hay tanto despelote? Ya te dije: eso no es un matrimonio, a esta altura es sólo un negocio. Separarse le saldría carísimo, es casi imposible desarmar la maraña financiera y social que armó en torno a esa estructura de familia. Y él no tiene huevos como para patear el tablero. No llegás a su posición profesional y económica pateando tableros...”.

No, claro, pero... ¿y entonces?”.

Y entonces... nada”.

“Nada” es la palabra más rara que puede sonar en sus labios. Siempre en Merlina hay algo. Me mira un par de segundos y sigue.

¿Viste?, al final hubiera sido preferible tener esta clase de quilombos a los 20 años, y con vos. ¿Por qué no dejaste que pasara? Hubiera sido mucho mejor...”.

Recibo el mazazo. La cabeza no llega a separarse en dos pedazos, pero la masa encefálica se derrama por mi pecho y mis hombros como una especie de vómito de guiso fermentado antes de haber sido ingerido. Trato torpemente de impedirlo con ambas manos, trato de juntarla y meterla otra vez en la abertura del cráneo, mientras voy cayendo de rodillas lentamente. Tardo siglos en caer, y antes aún de que mis rodillas toquen el piso mi cuerpo entero comienza a agitarse con convulsiones que parecen inducidas por impulsos eléctricos que un invisible Barón Frankenstein me estuviera aplicando mientras ríe con mudas carcajadas de espástico.

Mis rodillas por fin se clavan en las baldosas de la calle y mi culo se aplasta contra mis pantorrillas, mis manos tiemblan con las palmas muy abiertas apuntando a mi pecho, y alcanzo a notar una alfombra de viscosidad cambiante que al instante no puedo dejar de analizar: las convulsiones en esa posición tan indigna me hacen chapotear en mi masa encefálica que se mezcla con mi vómito propiamente dicho, aunque enseguida compruebo que eso no es todo porque, sin control de mis reflejos más elementales, también me he cagado un poco encima. “¡Viktor, Viktor!”, le grito a Frankenstein para que me ayude, pero de mi boca los fonemas salen ahogados en pedos y meteoros, y de todos modos Viktor Frankenstein no podría hacer nada por mí porque —sí, recuerdo haberlo leído en alguna parte— se ha hecho evangélico y como yo no lo soy su único deber es sufrir por mi equivocada almita con incontinencia. Mi visión va fundiendo a negro desde los costados hacia el centro y pienso que quizá sea la muerte que viene a liberarme, y mientras me desplomo de hocico al piso —siempre en slow motion, claro— escucho un multitudinario coro de arcángeles en una cancha de fútbol que vocifera: “¡Y klage! ¡Y klage! ¡Y klage, Viktor, klage...!”. Lo último que veo es la cara de Merlina K. en las baldosas que sonríe y me dice:

¿Te acordás de aquella noche que esperábamos el colectivo en Córdoba y Rodríguez Peña, y de repente pasó un peruano que nos miró desencajado y nos dijo que los dos íbamos a acabar en el infierno? Al final no terminamos de arder nunca. Hubiera sido mejor. Mucho mejor...”.

Y ni siquiera me liberó la muerte, vieja hija de puta.

Está bien, hubiera sido mejor entonces, claro. Hubiera sido mejor cuando yo te escribía poemas y vos los leías en el colectivo y querías reírte pero llorabas y por eso nunca podías leer la última línea. Cuando vos tenías 20 años y por eso yo también tenía 20 años, y nos quedábamos horas enteras hablando parados casi en la esquina de Rodríguez Peña, con mi mochila colgada en la ventana de esa casa abandonada a la que una noche, inexplicable y mágicamente como en un cuento inglés, vimos entrar de pronto a un cura.

En aquellos días yo era un Golem tirado sobre una mesa de madera olvidada en la trastienda de la vida, con un cartel en la frente que decía “Met”, el muerto para siempre y nunca jamás, y llegaste vos y me dibujaste la letra que faltaba, y el cartel dijo “Emet”, verdad, vida que vuelve, libertad del renacimiento. Y el Golem se descascaró todo, y bajo el barro estaba yo sonriente y luminoso porque un Cristo femenino y más judío que nunca me había tocado con su cabellera milagrosa y rubia.

Hubiera sido mejor seguir los secretos de la Cabala que tan fácil nos resultó descifrar a mí, el niño viejo con un mapa a tu medida, y a vos, la pequeña princesa judía que quería aprender a construir una catedral y sabía que yo sabía de memoria el manual de origami psicodélico.

Pero me equivoqué, princesita. Te convencí de que eras Juana de Arco, sólo para después pretender salvarte de la hoguera. Eché un balde de hielo a los maderos que ya ardían y salí corriendo hacia otras noches y otros días, salí corriendo como un ladrón llevándome toda la vida que me habías devuelto y regalado.

Desde entonces, cada vez que veo una hoguera me zambullo en ella para buscarte. Para decirte que sí, que hubiera sido mejor cumplir juntos la profecía del peruano desconocido, arder juntos en nuestro infierno tan amado, porque sólo allí hay vida, porque la paz es la muerte en otras palabras.

Hubiera sido mejor, y por eso ahora te lo digo acá, en estas líneas de la página 53. Pero ahora es tarde, ya no vas a quererme con esta cabeza sin masa encefálica y las rodillas tan sucias y la tribuna gritando en contra de Frankenstein. Aún así soy mejor que el abogado, ya sé, pero vos ya no tenés 20 años y yo aquella vez me equivoqué. Sos abogada y tenés que saberlo muy bien: no puede haber segunda condena para una misma Juana de Arco. No podemos fomentar el vacío legal en las hogueras.