-VÁYANSE TODOS A LA MIERDA, dijo Clint Eastwood-

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Majo

 

Dormir, dormir, dormir. Hundirse entre las mullidas tetas de la Nada, donde todo es suave y liviano, el cuerpo, las galaxias, todo. Dejarse asesinar dulcemente, como si la gran madre universal te apoyara un almohadón cuántico sobre el rostro y lo apretara con una sonrisa amorosa, ahogarse sin angustia en algodones violetas, dejarse ir. Flotando hacia abajo, descendiendo sobre la caparazón de las nubes, penetrando lento, muy lento, en ese espacio fresco, en el patio trasero del tiempo donde nadie está muerto y los helicópteros mecánicos de la infancia pueden elevarse sobre las baldosas, donde, danzando codo a codo un esplendente y restallante Wonderland’s Cake-Walk, conviven para siempre Karadagián y el chicle-tatuaje, Batman y la tía Carmela, Drácula y Pepe Biondi, la Zorra y el Cuervo, Fantômas y el Parque Chacabuco, el pasillo y el Príncipe Valiente, Víctor Martínez y Pedro Goyena, la guitarra y la casa del abuelo, Verne y Ben-Hur, Buffalo Bill, el Caballero Rojo, el tío Norberto, Emma Peel, Chaplin, los Tres Chiflados, la Enciclopedia Vox, Maxwell Smart, el último de los mohicanos, el General Custer, Patoruzú, los Picapiedras, Ferrocarril Oeste, Dennis Martin, la murga, Rattin, la Zamba del Guitarrero, Fu-Man-Chú, el baldío de Hortiguera, Nippur de Lagash, Ringo Wood, Bonavena, Isidoro, el Fantasma de la Ópera, el loco Gatti, el azúcar suelta, Antón Pirulero, la pizza de García, Jackaroe, el barrilete y el timbre. Timbre. ¿Timbre? Timbre.

¿Timbre? ¡¿Quién mierda está tocando el timbre?!

Mfs, fush, jaum... A ver… ¿Las nueve de la mañana? Piedad. Mátenme.

No me mates, loco. Se me cerró la puerta del departamento, y como verás quedé del lado equivocado. ¿Puedo saltar por el patiecito de atrás?”.

Majo, la puta que te parió...”.

Gracias, loco. Permiso”.

Cuando llegué a las tres y media de la mañana había música y voces en ebullición en su departamento. ¿Cómo puede estar brillando con tanta energía a las nueve? La sonrisa estridente, los ojitos bailoteando como dos cucarachas borrachas con curaçao, el reflejo cegador de las mechas violetas y amarillas de su pelo...

Bueno, al menos está también el culito sin bombacha como un bajorrelieve etrusco latente contra la delgada tela de bambula del pantalón que no aprieta demasiado, a la altura de mis ojos cuando sube a la silla para saltar la pequeña pared divisoria entre su departamento y el mío. Está bien, todo está perdonado.

¿Te parece divertido que ande saltando paredes por tu culpa?”, tintinea su voz desde el otro lado de la pared. No habla conmigo. “Encima que tengo que salir a buscarte al palier porque te escapás en cuanto abro la puerta, después entrás corriendo antes de que se cierre, sin que te importe que yo quede afuera. Qué, ¿encima te reís?”.

Habla con su gato. A los 23 años, ya habla con su gato. Está veinte años adelantada. Esto demuestra que las vanguardias no tienen nada de loables en sí mismas.

Adso de Melk te pide disculpas por la molestia...”. Ahora sí me habla a mí. Adso de Melk es el gato, por supuesto. Majo estudia Letras.

Hay quienes se apoyan contra un muro milenario para hablar con Dios. Yo me apoyo apenas en esta pared bajita y mohosa, y escucho a Majo hablarme desde el otro lado mientras la imagino en cuclillas acariciando a Adso de Melk (una posición interesante para el culito de bambula).

Che, loco, ehm... esa mujer ya no está con vos, ¿no?”.

 

Diccionario Majo: “Mujer”: denominación del género femenino en su etapa senil, es decir a partir de los treinta años y un día de edad.

 

Me la crucé el otro día en el pasillo, iba con un par de bolsos. Pero no hablamos nada. Viste que nunca hubo onda entre nosotras...”.

Puedo oír el pensamiento de Andrea en ese cruce: “Te lo dejo solo, putita, ya sé que vas a correr a volteártelo...”.

Bueno, le limpio los dientes a Adso de Melk y voy a tomar un café con vos, ¿está bien?”.

El departamento de Majo y el mío son los únicos de la planta baja. Es sólo un detalle, no un postulado de la predestinación y lo inevitable de ciertos sucesos.

  

Ya estamos desnudos. Es decir que Majo ya vio mi cintura secreta, eso que la inteligente elección de ropas más veinte años de manejo de la respiración ocultan a los mortales cuando estoy en sociedad.

Vio mi secreto. Voy a tener que matarla.

(O decirle que viva conmigo, lo cual está fuera de toda consideración posible).

Después pensaré qué hacer, primero vamos a divertirnos un rato... si es que esta mierda deja de colgarme entre los huevos como una oruga desmayada y se decide a ponerse dura. ¿Qué carajo pasa con este carajo?

(Bueno, de última me haré homosexual... Pasivo, además. Mh, no, no es lo mío).

¿Qué pasa, carajo, no te basta con apretujar el culito redondo y duro, no te bastan este pubis violeta, la mirada medio extraviada con los ojitos entrecerrados y la boca entreabierta? ¡Y las tetas! ¿No te alcanza con la sensación de tocar estas tetas que se desbordan de la camisa blanca en la penumbra de la mañana de ventanas cerradas, estas dos perlas que padecen de gigantismo en medio de un claroscuro a la Eisenstein, que bailotean entre mis dedos como esclavas negras en un ritual vudú? ¡¿Qué más necesitás para ponerte dura?!

Sí, que la boca entreabierta se cierre y te envuelva en su mullida humedad caliente. Sí, ahora sí. Ahora...

Voz en el contestador: “Hola hola... ¿Estás ahí, che? ¿Estás durmiendo? Si me escuchás, atendeme... Hola... Bueno, despertate porque estoy yendo para tu casa. En cinco estoy ahí...”.

Que los dioses echen sus Harley-Davidson sobre tu miserable humanidad, Federico... Yo después te organizo una lectura en homenaje.