-VÁYANSE TODOS A LA MIERDA, dijo Clint Eastwood-

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La Noche del Feto Rosarino

 

Diez de la noche en Rosario. El esplendor de la escalera de mármol que me lleva a la señorial sala del hotel me deslumbraría, si no fuera porque la última vez que alguien se preocupó por el mantenimiento de este lugar debe haber sido allá por 1950. Tanto lujo descascarado hace pensar en un palacio búlgaro pasado por algunas décadas de comunismo.

Vino a buscarme Laura, una de las fans. Leonard Cohen escribió: “Las adolescentes con las que soñaba a los quince años, las tengo ahora. Les recomiendo sinceramente que se hagan famosos”.

Vamos al lugar donde “hay que ir” por estos días en Rosario. Un pub escondido en una calle angosta y sin salida. Soñaba con una pizza antes del show, pero al llegar nos encontramos con que ya no cabe un alfiler.

No te preocupes”, dice Laura, “hay una mesa que siempre está disponible”.

Habla un momento con el chico de la puerta, que asiente y señala hacia adentro. Laura, que aparentemente me cree un muñeco de gomaespuma, me toma una mano y me arrastra entre la muchedumbre compacta e impenetrable. Luego de contraerme y expandirme una docena de veces para amoldarme a los ínfimos huecos humanos por los que debo filtrarme en camino al centro del pub, llegamos a una mesa en la que increíblemente hay una sola persona, lo que la convierte en un claro de luna aireado y luminoso en medio del bosque incandescente de torsos, piernas, tetas, culos y cabezas encajados incoherentemente unos contra otros como en un boceto cubista.

El asunto es que la única persona en la pequeña mesita redonda es una anciana que bebe agua. Me recuerda a un pájaro que tenía mi abuela cuando yo era chico, un cardenal con la mollera calva y el resto de las plumas de la cabeza disparadas hacia abajo y hacia afuera como los despojos de una escoba largamente maltratada. También la expresión de la vieja tiene algo de aquel cardenal, en especial en el pico.

Cuando nos sentamos ni siquiera nos mira. A unos cuantos metros distingo a una camarera y le pido una pizza por señas. Aunque es claro que la única forma de que esa pizza llegue a la mesa es que me la arroje desde la barra como un frisbee.

Laura parece empeñada en demostrar su inmaterialidad, porque al minuto de sentarse me dice que va al baño. La pierdo de vista apenas se levanta, y acá estoy en el claro de luna solo con la vieja.

It’s jokes time!”. Con esa frase absurda e imperdonable, sube al escenario un dúo de humoristas.

Son buenísimos”, decreta la vieja sin mirarme. Nunca podrían serlo si se presentan con esa frase, pero no pienso debatir con ella.

Craso error. Quizá un monosílabo de respuesta de mi parte la hubiera conformado. Pero no. De repente las escobas giran y me encuentro con el rostro del pájaro apuntando directamente al mío.

Me vine un rato para acá porque una de mis gatas encontró un feto en el jardín de adelante, así que para qué iba a quedarme en casa... Vino la policía... Y acá se está bien. Me gusta la juventud...”.

Y sobre “juventud” entra a cuadro Laura con una botella de vino blanco en un balde de hielo. OK, así son las cosas. Relajate y disfrutá.

Ahora hay una banda lanzada a improvisaciones psicodélicas, que suena deliciosamente arcaica. Ahora estamos en 1968, y las piernas, torsos, culos, tetas y cabezas terminan de fundirse en un solo ser compacto y sudoroso que se balancea suavemente al conjuro del flanger del bajo. Laura perdió una mano pero consiguió en su lugar una aguaviva gigante, una Chrysaora lactea pero del orden de los helícidos, que avanza hacia mi entrepierna dejando un rastro de baba espumosa en el pantalón. En la segunda botella el vino se volvió verde traslúcido, y uno de los ojos de la vieja aprovechó un estornudo para salirse delicadamente (el casi inaudible “plop!” fue también con flanger) y alcanzar en tres o cuatro rebotes esponjosos el colchón de ceniza del latoso cenicero de Cinzano, donde, de haber tenido párpado, se hubiera dormido feliz.

Todo se vuelve amarillo (excepto el vino verde). La banda está congelada, inmóvil, pero la música sigue envolviéndolo todo. Baja del techo y se extiende desde las paredes como cientos de delgadas toallas de baño en plan alfombra mágica en slow motion. No hay aire en el aire, sino oxígeno carbonatado que se bebe el humo y te vacía todo por dentro. Detrás del escenario la pared se disuelve como un chocolate de leche de bisonte, dejando aparecer de a poco la fuente de calor que la derrite: es una hoguera. Están quemando a Juana de Arco. Ahora se entiende tanto amarillo.

La vieja, eufórica, se para sobre la mesa y empieza a dirigir el coro de las Voces de Juana moviendo sus brazos en alto y haciendo espasmódicas señales de aviación. De su ojo vacío sale una gaviota que no entiende dónde está el mar.

Todos quieren correr a quemarse junto a Juana de Arco, pero nadie puede porque todos son ese ser fundido piernas-tetas-culos-torsos-cabezas. Y Juana ríe a carcajadas, liberada, porque ahora sabe que es la loca que nunca fue. Y el fuego ya le lame los sobacos, y Juana ríe más, y el feto entra en vuelo directo desde el jardín de la vieja planeando como un cuervo hambriento.

Y es dulce abandonarse al fuego de la aguaviva helícida y al fuego verde del vino. ¿Sabés una cosa?: la vida es una invitación a la hoguera.

¿Vamos?”, dice Laura. “Tengo un par de ideas para darte...”.