-VÁYANSE TODOS A LA MIERDA, dijo Clint Eastwood-

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Happy Feets

 

Y aquí viene Happy Feets deslizándose a toda velocidad por la explanada de la autopista, descendiendo hacia nosotros entre medio de los estupefactos automovilistas. No va en skate, ni usa rollers o algo parecido. Las ruedas son sus pies.

La historia de Robertito (lo de “Happy Feets” es sólo un nombre interno entre Jorge y yo) es notable. Vive en la calle desde los 10 años. A los 13, hace de esto cuatro años, trató de huir de un policía luego de haber robado una cartera en un vagón del “Sarmiento” y terminó cayendo a las vías casi en la estación Villa Luro. Las ruedas del tren le amputaron ambas piernas, apenas debajo de las rodillas. En el hospital lo usaron de conejillo de Indias, a cambio de lo cual le prometieron que una fundación le conseguiría un par de prótesis alemanas —y de paso se llevaría todo el crédito del experimento Frankenstein al que lo sometieron, lo que aumentaría su prestigio y le permitiría seguir evadiendo impuestos y lavando dinero, como toda fundación que se precie en este país.

La cuestión es que le injertaron sus propios pies a la altura de las rodillas. Pero al revés, con los dedos apuntando hacia atrás. De modo que, mediante una intensa reeducación, los tobillos pudieron cumplir la función de articulación de las rodillas, y los pies aprendieron a estirarse y se convirtieron en el engarce de dos complejas prótesis de media pierna, con todo lo cual, tras meses de sufrimientos físicos y mentales, Robertito logró una movilidad prácticamente natural y una papilla neuronal en su psiquis.

Al año siguiente del accidente, quien lo veía por la calle no podía adivinar el estrambótico injerto que permitía su andar, si bien también es cierto que su expresión demente no propiciaba detenerse a mirarlo.

Un año después, con la ayuda técnica de sus amigos de los desarmaderos de autos robados, decidió y llevó a cabo una espectacular adaptación de sus costosas prótesis alemanas: reemplazó los rígidos pies ortopédicos por dos ruedas fijas de 10 centímetros de diámetro, lo cual lo hizo un poquito más alto y lo convirtió en una especie de veloz bicicleta humana. Ahora no hay policía que pueda alcanzarlo, excepto con un disparo por la espalda.

Hola, qué cuentan, qué dicen, cómo andan, qué tal, ¿todo lindo?, cómo va la cosa, ¿eh? ¿Eh, eh, eh?”.

Todo bien, Robertito. Tengo algo para vos”.

Yo también. Te están buscando”.

¿A mí?”.

A vos, a vos, a vos, a vos”.

¿A qué te referís, Robertito? Supongo que no hablás de la cana…”.

¿Por qué te va a buscar la cana?”.

¿Entonces quién?”.

Después te llevo, después te llevo, después te llevo. ¿Qué tenés para mí, qué tenés?”.

Por detrás de Happy Feets, Jorge me hace señas de que le siga la corriente. Tiene razón, no voy a ganar nada insistiendo, primero tengo que saciar su curiosidad.

Tomá, Robertito. Acá tenés el nombre y la dirección de un tipo…”.

Ah, querés que te averigüe en qué anda…”.

Esa es una de sus especialidades. Le das tres o cuatro días, y te dice hasta cuántas veces fue al baño la persona que le pediste que siguiera. Me enteré de esa increíble habilidad cuando alguien, hace poco más de un año, le pidió que me siguiera a mí.

Le doy algo de dinero, y entonces Robertito se echa a rodar en dirección a la subida de la autopista. Miro con decepción a Jorge, pero enseguida oigo el grito de Happy Feets mientras se pierde por allá arriba:

¡Mañana a la noche! ¡Acá! ¡Te cuento de este tipo, y después te llevo a…!”.

La voz se pierde entre los bocinazos y chirridos de ruedas de los coches que lo esquivan como pueden.