-VÁYANSE TODOS A LA MIERDA, dijo Clint Eastwood-

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Declaración ante el Secretario de un Juez de la Nación

 

¿Entre qué horas, estimativamente, permanecieron en el domicilio de la occisa?”.

¿No tiene Word en esa computadora?”.

Ludo me atraviesa con la peor de sus miradas. Federico y su abogado, en cambio, apenas atinan a volverse hacia mí antes que la parálisis facial los inutilice.

¿De qué habla, señor?”, dice el Gran Inquisidor detrás de su carcomido escritorio. En mi país la Justicia no es ciega pero sí pordiosera.

Sólo pregunto. Porque, no sé si sabe, hay una herramienta que le permite copiar un texto y pegarlo en otro lado. ¿Para qué vamos a repetir cien veces las mismas respuestas a viva voz? Corte y pegue, hombre, y listo...”.

¡Limitate a contestar estricta y concisamente lo que se te pregunta!”, estalla Ludo, parándose y golpeando el desvencijado escritorio que se sacude como un flan. Esto tiene por efecto que la pantalla de la arcaica computadora se ponga negra por dos segundos, antes de reiniciarse.

¿Habrá guardado el documento a medida que escribía, su señoría? Dicen que la prevención es la mejor arma contra el delito”.

Entonces Ludo —sólo yo puedo lograr algo así de él, lo reconozco— me agarra de un hombro y empieza a sacudirme hasta casi arrancarme la remera.

¡¿Qué carajo te pasa?!”, chilla muy por encima de la quinta línea superior del pentagrama. “¡¿Estás loco, estás drogado, qué mierda?!”.

Ahora es mi turno de ponerme de pie y gritar un poco para equilibrar las cosas y no dejar solo a mi amigo en su estallido. Pero primero arreglo mi remera tapando el hombro desnudo.

¡¿No sabés qué mierda me pasa?!”, grito lo más convincentemente que puedo al tiempo que descargo los dos puños sobre el escritorio y la computadora vuelve a apagarse y encenderse. “¡Me pasa que estos hijos de puta me quieren volver loco! ¡¿Por qué me hacen cien veces la misma pregunta?! ¡¿Esperan que alguna vez cambie mi respuesta, me quieren confundir para lograr eso, eh?! ¡¿Qué carajo les pasa a ellos?!”.

Bueno, bueno, vamos a calmarnos todos, ¿eh?”, interviene el multinacional y de pronto imperturbable abogado de Federico, que por su parte permanece sudando inmóvil, a excepción del temblequeo patético de su labio inferior.

Está bien, de todos modos... se me borró todo, así que...”. Entre pausa y pausa, el Gran Inquisidor parece dudar entre encarcelarnos o simplemente echarse a llorar. “Así que... mejor les envío una nueva citación... sí, estamos todos muy nerviosos, así que...”.

Así que de repente da una furibunda patada al pobre escritorio, que ya no resiste y se hinca hacia delante con una pata quebrada, como un triste Cristo artrósico claudicando en su Calvario. La computadora, que contra toda lógica esta vez se mantiene encendida, resbala en cámara lenta ante nuestras miradas atónitas hasta caer en el regazo de Federico, que mira por un segundo el aparato absurdo sobre sus piernas y luego comienza a producir un sonido bochornoso, una risita histérica e incontenible que sin duda derivará en lloriqueo —Federico es de los hombres que reivindican su “costado femenino”—, sin que él pueda hacer nada para detenerlo porque la conciencia de estar mostrando esa vergonzante reacción nerviosa lo anula y paraliza cualquier iniciativa de dominio sobre sí mismo. Ludo está rojo e hirviente como el culo de una vaca recién atropellada por un tren, con la presión en 59, y el otro abogado se apura a hacer una llamada por su celular.

Salgo casi corriendo. Igual todos saben dónde vivo, así que...