-VÁYANSE TODOS A LA MIERDA, dijo Clint Eastwood-

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De cómo nos conocimos

 

No fue una mala manera de conocerse, no.

El baño parecía un contenedor recién enviado desde Alaska por un exportador de géiseres. El agua de la ducha caía con violencia, rebotando en la cortina plástica de la bañera con un acogedor ruido de tormenta. María se soltó la bata en la que se había envuelto, mientras aspiraba profundamente por la nariz y exhalaba por la boca como un búfalo. Tenía la insostenible pero sincera convicción de que un par de inhalaciones diarias de ese vapor húmedo y caliente resultaban efectivas y purificadoras contra los 35 cigarrillos que se metía cada día entre pecho y espalda. Y de pronto recordó:

¡Las algas!”.

Mientras salía se iba vistiendo con las ropas que había ido tirando por ahí en su camino al baño. Cuando abrió la puerta del departamento se encontró con Andrea, que estaba por golpear.

Pasá, pasá, vuelvo en cinco minutos...”.

Andrea entró incómoda porque venía muy apurada, y el sonido de la lluvia de la ducha no la ayudó. Esperó unos segundos, y decidió pasar al baño. Al principio la nube impenetrable de vapor la impresionó desagradablemente, pero cuando se sentó en el inodoro y soltó el chorro de orina empezó a sentirse casi cómoda, adormecida entre la bruma caldosa y sofocante. El sonido consistente de la orina fue interrumpido apenas por un pedito que resonó con un eco suave dentro de la taza del inodoro. Ahí fue cuando no pude dejar de correr un poco la cortina de la bañera y espiarla desde mi sumergimiento. No fue una mala manera de conocernos, no.