-VÁYANSE TODOS A LA MIERDA, dijo Clint Eastwood-

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Apocalipsis en un barrio porteño

 

Caminemos. Ya me contarás, si necesitás hacerlo. Y sino… sólo caminemos”.

Los ojos de tiburón de Jorge me sonríen, y echamos a andar. Caminando en silencio, fumando, de pronto estamos en San Juan y Boedo. El cruce de las avenidas está taponado por trescientas o cuatrocientas personas, y se oyen bombos y redoblantes. Jorge le pregunta a un viejo, que nos cuenta que hay una movilización de murgas callejeras. El motivo de la protesta es pedir al gobierno que el próximo Carnaval sea declarado Feriado Nacional. Me parece lógico. Toda la historia nacional no es más que una murga mal ensayada, así que…

Nos metemos entre el gentío. Una de las murgas está iniciando su desfile por el medio de San Juan, hacia un escenario levantado en la esquina de Colombres. El estandarte que encabeza la marcha tiene estampada, entre sus muchas figuras, una enorme cabeza de Larry, el de los Tres Chiflados.

Larry”, dice Jorge. “Ese era el genio. El que lo sostenía todo”.

Apruebo con una mueca, y sigo mirando el desfile. Pasan los chicos, los enanos, un par de travestis, alguna gorda desproporcionada, y llega el primer grupo de verdaderos danzarines de la murga, que se descalabra en esos pasos fantasmagóricos del estilo uruguayo, tan terrible y profundo comparado con la estúpida alegría barata de la versión brasileña del Carnaval.

La verdad es que logran ir atrayéndonos al clima hipnótico de la llamada de los tambores y el bailoteo funambulesco. Esto no es alegría barata, claro que no. La sonrisa es de dientes apretados para trascender el dolor, y la danza es rebelión contra la muerte, para que la muy puta no la tenga fácil, para demorarle la satisfacción de roernos hasta el último segundo, el único en que será ella la que ría.

Ya pasaron cincuenta o sesenta murgueros frente a nosotros, que disfrutamos fundidos en la masa que flanquea a estos héroes callejeros. Y entonces, en el extremo de una de las filas de bailarines, pasa a nuestro lado una mujer de unos 45 años que conserva sin embargo un cuerpo potente, con algunas zonas flojas que se exacerban al bailar y ganan una sensualidad inusitada. Su rostro, que sí denuncia los 45, es también la imagen más vívida de la Resistencia.

Cuando la tenemos a no más de un metro de nosotros, Jorge no puede contenerse y levantando un puño como un apostador de hipódromo grita desorbitado:

¡Vamos, carajo! ¡Aguante! ¡Aguante contra el Tiempo!”.

Las barreras se rompen y el entusiasmo me desborda. El grito de Jorge fue una convocatoria a los muchachos de la hinchada de filósofos. Jorge, yo, Heidegger, Agustín, Berkeley, Spinoza, Hegel, McTaggart, Leibniz, Kant, Hume, Locke, Hobbes, Kierkegaard, Husserl, Bergson y hasta Bruno, nos entrelazamos tomándonos mutuamente de los hombros y saltamos gritando desde nuestra tribuna ontológica al paso de nuestra amazona:

¡Aguante contra el Tiempo, carajo!” .

La murga ya no desfila sino que baila en un círculo congestionado y sin fin. Desde el estandarte, Larry se suma al cántico de la tribuna y su intervención es la señal para que todo se desmadre y se funda en una sola e indestructible pared inmaterial contra la que el Tiempo se destroza los dientes y llora como un marrano asqueroso.

El asfalto de San Juan comienza a abrirse por efecto de los saltos y el calor, y desde las profundidades del mundo los muertos, que jamás consintieron en morir, empiezan a surgir al aire hirviente de la noche y a mezclarse con la multitud herética que baila en un éxtasis calamitoso y bellamente pagano.

El cielo se convierte en una enorme camiseta transpirada que exuda mercurio y palmeritas cuneiformes que se disparan como cookies analógicos y se clavan de punta a razón de una por cráneo.

Veo un ángel tuerto que trata de cazar a un cuervo del invierno que al huir se enreda con los tules que lucía en sus alas y termina estrellándose contra la intemperie. Veo un animal sin orejas que escucha todo el dolor y responde que no vendrán tiempos mejores porque el Tiempo acaba de ser expulsado de la Eternidad y desde ahora sólo habrá mejores sin tiempo.

Veo las larvas de una nueva estirpe de trompetistas embrujando las casas antiguas de la avenida para que cada ladrillo se convierta en un diente de la naciente sonrisa del gran scat tridimensional que es ahora el viento. Veo una lluvia con siete cajones en los que se pierden para siempre todas las cartas que nadie quiso escribir jamás.

Veo un ciego al que una vez le fue dada una vara para medir infinitos, y que en un lamentable error de cálculo se acostó sobre la línea de puntos y se durmió para siempre, y que ahora, gracias a la claudicación del Tiempo, despierta convertido en el gran ojo del culo boreal.

Y antes de que las palmeritas penetren en los cráneos para que las mariposas reemplacen a los lóbulos cerebrales, reúno una vez más a la hinchada de filósofos y entonamos como postrera ofrenda al Vacío eidético nuestra cancioncilla de batalla:

 Ölvar mik, thvít Ölvi

öl gervir nú fölvan,

atgeira laetk  ýrar

ýring of grön skýra;

óllungis kannt illa,

oddskýs, fyr thér nýsa,

rigna getr at regni,

rengsbjórd, Hávars thegna.

Todo se precipita. Veo una familia de hiperbóreos descendiendo de las copas de los árboles en llamas para construir un laúd afónico con la cara de Dostoyevski grabada sobre brea portuaria en la punta de cada cuerda. Veo rasgarse la camiseta del cielo y aparecer una gran axila depilada con lava volcánica.

Veo todos los agujeros negros del espacio liberando la luz atrapada en ellos mediante una amnistía de misterios. Veo una Bestia a la que se le sale el costillar a través de la carne, y veo al costillar transformarse en una campana bendecida con agua del deshielo que vendrá.

Y veo por fin una luminosidad inconcebible que va llenando de incandescencia todo este espacio sin Tiempo, y que en su brillo cegador nos revela por fin el rostro de la primigenia madre universal —que por cierto luce curiosamente parecido al de Tatiana—, y la entera murga de la humanidad desfila bailando para ir zambulléndose en esa luz prenatal donde todos los bombos y redoblantes se plegarán al pulso del corazón materno.

Es el fin del Tiempo, y cuando ya se zambulleron miles de millones y veo lanzarse al último bailarín y llega mi momento, hago una prudente pausa de modo que quedo afuera del estallido que todo lo devora. La inmensa luz inconcebible se cierra sobre sí misma y se reabsorbe en la Nada, pero es una Nada blanca en la que queda sentado un hombre de ojos verdes con una guitarra sobre las piernas, sereno, solitario y quizá feliz, libre ya por completo de la tiranía de los comienzos y los finales.

Y que se pone a cantar.