LA HERIDA DEL AMOR

 

Que el monstruoso conde de la novela de Bram Stoker  es humano, basta una lectura para comprobarlo. Lo es ya por el hecho de que vive una tragedia, y hay muchos indicios más.

Pero en la novela hay un momento donde Stoker lo pone en absoluta y explícita evidencia. Al final del capítulo 3, Jonathan Harker, en contra de lo que le advirtió Drácula, se deja rendir por un sopor tibio y narcótico. En esa duermevela, percibe a tres mujeres que se le acercan, sensuales, sin proyectar sombras en el suelo.

Una de ellas se inclina sobre él, que siente un delicioso hormigueo y luego el roce de los húmedos labios en su garganta. Harker se abandona al placer –a la muerte-, pero entonces interviene furioso el conde Drácula. “¡No se atrevan a tocarlo!”, grita, casi en un ataque de celos. “¡Este hombre me pertenece!”.

Con una risa diabólica, la muchacha que casi muerde a Harker le grita: “¡Tú nunca amaste! ¡Nunca amas!”, y a coro con las otras dos lanza una “risa dura, lúgubre, desalmada”, que aterra a Harker.

El conde, sorprendentemente, cambia su furia por un melancólico “Sí, yo también puedo amar... Ustedes mismas pueden atestiguarlo en el pasado, ¿no?”.

Stoker ya no vuelve a tratar este tema específico. Pero fue suficiente para dejar planteado un drama desconocido que humaniza totalmente al monstruo.

“Drácula” es una obra universal también porque cumple con un precepto que ha guiado intuitivamente a todos los narradores –cultos, populares, académicos, de fogón nocturno, lo que fuere- de la humanidad. Y es este: toda historia es una historia de amor.

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