introducción a "la mano disecada" de guy de maupassant

 

 Cientos de cuentos, decenas de nouvelles e incontables escritos periodísticos o de viajes hacen de Maupassant uno de los escritores más prolíficos de un siglo mágico de la literatura francesa —y mundial—, el XIX. Claro que no se destacó entre sus enormes contemporáneos sólo por esa gigantesca producción, sino más bien por la originalidad y profundidad de esos textos que con su nombre y mil seudónimos escribía, según dijo, “sólo porque necesito dinero”.

Nació en 1850 en el castillo de Miromesnil, en Tourville-sur-Arques, cerca de Dieppe. A los 14 años, durante unas vacaciones en Etretat —balneario frecuentado por muchos artistas—, Maupassant salvó de morir ahogado al célebre poeta inglés Charles Swinburne. Este lo invitó entonces a pasar una temporada en su mansión, adonde Maupassant acudió acompañado de un amigo con quien compartía el gusto por lo morboso. Allí halló, justamente, una mano disecada que al instante adquirió para sí y que evidentemente lo marcó en forma notoria, ya que la hizo tema de distintas obras, entre ellas el cuento aquí presentado, que publicó en L'Almanach lorrain de Pont-à-Mousson bajo seudónimo: Joseph Prunier.

Por esos años ya estaba instalado en Paris y dedicado a la vida bohemia. Un célebre normando de descomunal talento, Gustave Flaubert, lo tuvo como protegido y le presentó a la élite literaria de aquellos días, personajes como Daudet, Huysmans, los hermanos Goncourt o Émile Zola, de quien Maupassant se haría íntimo amigo.

Desde entonces su vida fue un vértigo de escritura, viajes y creatividad incansable. Durante la década de 1880, además de emprender cuatro viajes a África del Norte repitiendo los pasos de su mentor Flaubert —muerto en 1880—, Maupassant se convierte con sus novelas en el escritor francés de mayor tiraje luego de Zola, lo cual le reportó muy buenos ingresos económicos que él nunca dejó acumular: los convirtió en un lujoso apartamento parisino, una mansión en Etrata, su yate para recorrer el mediterráneo, y la canilla abierta de billetes para miembros de su familia, sus amantes y sus varios hijos no reconocidos hasta ese momento.

Pero lo antedicho no implica felicidad. Maupassant, que pensaba que “el ser humano es una bestia escasamente superior a las demás”, fue un hombre intenso pero no feliz, divertido pero no satisfecho, aventurero y viajero pero progresivamente atrapado en sí mismo. Las ideas del suicidio y de la locura aparecieron cada vez con mayor frecuencia en sus textos. No podemos saber si en sus últimos años tuvo conciencia de su grandeza creativa —comparable a la de Poe—, pero sí que las repetidas internaciones psiquiátricas de su hermano Hervé, que finalmente murió en 1889, lo pusieron de cara con su propio temor a terminar sus días en las mismas condiciones.

Luchó contra la sífilis y la predisposición familiar a la demencia mediante el uso, y abuso, de las drogas. Hasta que la noche del 1º de enero de 1892 no pudo más. Luego de visitar a su madre, que vivía en Niza, intentó tres veces —y falló las tres— degollarse con un cortaplumas de metal. Pero en cierto modo tuvo éxito, porque ya no volvió a ser Guy de Maupassant: lo internaron en una clínica psiquiátrica de Passy, y dieciocho extraviados meses después, a los 42 años de edad, murió.

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