introducción a "una noche de espanto " de anton chejov

 

 El más contemporáneo de los rusos del siglo XIX nació —al igual que este antologista, pero eso a quién podría importarle— un 29 de enero, de 1860 en su caso. Murió en 1904.

Famoso más que nada por su teatro, lo que lo hace tan actual son más bien sus cuentos. Chejov —con Kafka, con Katherine Mansfield, con el primer Joyce— es uno de los que “inventó” el cuento moderno. Una clase de relato que ya no dependió exclusivamente de la estructura planteo-desarrollo-final (impactante, para más precisiones), sino que prefirió deslizarse sinuosamente por la vacuidad de la vida cotidiana, ya sea urbana o rural, para dibujar leves y a veces casi anodinas imágenes que reflejen sin brillo la existencia aburrida, esencialmente inútil y a menudo miserable y pequeña de las personas en la sociedad moderna, esta sociedad creadora de un fenómeno curioso y paradójico pero así también doloroso: la posibilidad de que el ser humano esté solo en medio de las multitudes.

Para mostrar esto Kafka usó la metáfora alucinante, la fábula desaforada contada con palabras mesuradas. Chejov en cambio apela al retrato imperceptible, a la acción diminuta donde casi parece que nada está sucediendo. La insignificancia —de la acción, de los personajes, en algún sentido de la temática— es su rasgo distintivo por excelencia.

Pero es en esa trivialidad donde al lector lo acecha una trampa en la que invariablemente caerá: terminando de leer un cuento de Chejov, tendrá la clara conciencia de que nada muy concreto sucedió, y sin embargo experimentará una sensación de opresión que proviene de lugares mucho más profundos que esa conciencia. Chejov es, en este sentido, un escritor incómodo, de efecto residual. Probablemente haya pocas virtudes más interesantes y menos frecuentes en un escritor (quien quiera sentirse cómodo y no verse inconteniblemente movilizado al leer un libro, mejor que no gaste energías en la lectura y se distraiga con otros artificios).

Chejov no juzga a sus personajes ni los usa para dar expresas lecciones morales o denunciar situaciones determinadas. Quizá a nadie mejor que a este ruso mágico le cae aquella frase de Montaigne: “Los otros educan al hombre; yo sólo cuento de él”. Lo que Chejov nos cuenta es lo que llevamos en los bolsillos ocultos y muchas veces preferiríamos no mostrar.

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