introducción a "la reticencia de lady anne" de saki

 

 Hector Hugh Munro, a quien la literatura recordaría para siempre como Saki, murió en 1916 bajo las balas de un francotirador, durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, a pesar del año de su muerte y de haber sido contemporáneo de Chesterton, Somerset Maugham o Beardsley, su obra tiene mucho más que ver con la generación posterior, la que comenzó a expresarse justamente en la posguerra.
Terror, humor negro, fantasía, son conceptos que se asocian fácilmente a sus cuentos. Quizá la palabra que más en lo profundo lo define sea melancolía. La gran superstición que arrastramos del siglo XX —aquello que se denominaba “psicología”— intentaría explicar ese tinte oscuro que subyace en la amargura de las sonrisas que provocan las escenas de Saki haciendo referencia a su infancia bajo el influjo de las dos tías solteronas, ignorantes y crueles que lo criaron en Barnstaple, Inglaterra —cuando él tenía dos años su madre había muerto en Akyab, Birmania, lugar donde Saki nació en 1870—. Lo cierto es que Munro pareció sobrevivir bastante bien a esos días siniestros, y junto con sus hermanos anduvo por Francia, Alemania y Suiza ganándose fama de especialistas en bromas pesadas y practicando deportes.
A los 24 años decidió ir a Londres para hacerse escritor, comenzando su carrera con un ilegible volumen —más bien parecía otra de sus bromas— acerca del devenir de Rusia desde los Romanov a 1899; lo extraño es que entre las obras consultadas para redactar este libro había textos en ruso, idioma del que nadie tenía noticias acerca de cuándo o cómo Saki lo aprendió. Como fuera, hacia sus 35 años ha había alcanzado la maestría del estilo que lo caracteriza: esas fábulas en las que, como dijo Jorge Luis Borges, “Saki da un tono de trivialidad a relatos cuya íntima trama es amarga y cruel”. En el fondo Saki era un escritor social, sin necesidad de redactar panfletos en contra de la estupidez burguesa: él prefería retratar a esos burgueses en toda su levedad, su artificialidad, su miseria maquillada con privilegios de poder y clase. Era una suerte de Oscar Wilde, sí, como tantas veces se dijo, sólo que mucho, mucho más ácido e incorrecto, más corrosivo, y harto menos complaciente.
De su vida privada sólo quedan rumores incomprobables y en general malintencionados —es obvio que alguien tan sarcástico debía provocar reacciones agre-sivas de parte de sus “víctimas”, es decir de todo su entorno—, y lo que hubiera podido ser su testimonio desapareció cuando su hermana destruyó toda su correspondencia personal. El episodio de su muerte en el campo de batalla podría ser uno de sus cuentos: estaba en un campo minado, cerca de Beaumont-Auvel, junto con otros soldados; y sus últimas palabras antes de recibir un tiro en la cabeza fueron: “¡Apaga ese maldito cigarrillo!”.

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